Alexa en cuarentena

Por Javier Corbacho (@JCorbachoUC)

Imagen: Pixabay.


Las galletas están caducadas. Así no hay quien empiece un estado de alarma en condiciones. Y el calentador de gas lo tengo medio jodido; los días pares me ducho con agua helada y los impares me abraso hasta el alma. Si es tan bueno para el cutis como dicen, al finalizar este pseudoarrestro domiciliario voy a tener la piel como Saritísima.

O quizá el trasto explota en unos días y me dejo la cuarentena y la vida a medias, como me pasa siempre con Los Amantes Pasajeros. Tres veces lo he intentado –te lo juro, Pedro– y no paso de los quince primeros minutos.

Me he despertado hace un par de horas y ya se me está haciendo largo el estado de alarma. A partir del lunes, teletrabajo. En pijama hasta las tres y media de la tarde delante de una pantalla. Es como ser un forocochero pero cotizando.

Al menos, en un rato vendrá mi amigo M. a meterse unos días en mi piso. Cosa que agradezco, porque M. tiene mejor conversación que Alexa. Aunque aún no sé si M. lo hace porque prefiere mi compañía a su soledad o porque prefiere mi terraza a la suya. Sea por una cosa o por otra, me ha dicho que va a traer morcilla. Y las penas con morcilla son menos penas.

En un rato vendrá mi amigo M. a meterse unos días en mi piso. Aunque aún no sé si lo hace porque prefiere mi compañía a su soledad o porque prefiere mi terraza a la suya

 

Con Alexa no podría poner a parir a mis amigos que se han ido de la capital a infectar viejecitas al Cantábrico y al Levante. Con M., sí. Especialmente, de los que la semana pasada daban la turra en Twitter con eso de la responsabilidad ciudadana y el #QuédateEnCasa pero que, en cuanto han visto que les podían bloquear la villa y corte, han salido por patas, a que el virus se vaya de Séneca. Tengo capturas de vuestros tuits; contad con un juicio inquisitorial a vuestra vuelta a Madrid.

Yo, poco a poco, voy asumiendo que este año me quedo sin toros en San Isidro y sin saetas en Semana Santa. El virus le tiene más asco a la tradición que aquella concursantilla de OT.

Así que, para evitar pensar demasiado, aprovecharé estos días para colocar mi biblioteca por orden alfabético. O por autores. O por países. O por colores. Y en cuanto salga a la calle buscaré una caja de Fontaneda en cualquier Mercadona, mientras la gente se pelea a mi alrededor por rollos de papel higiénico de doble capa.