¿OKUPANDO LA MONCLOA?

Las voces irresponsables que tratan de debilitar el debate público se alzan aquí y allá. Son lanzadas desde el ámbito político y amplificadas por las cámaras de eco de los medios de comunicación a través de noticiarios, tertulias y debates varios. Desde hace ya algún tiempo, una de las falacias que se articula con particular obstinación y que se resiste a abandonar el debate público es la del “ignominioso gobierno no votado por los españoles”.

Texto: Irene Coto Orviz

Montaje de cabecera: UND_R CONSTRUCTION con imágenes copyright free


Los marcos discursivos que subrayan la centralidad del voto se repiten hasta la extenuación –muestra palmaria de ello es el caso catalán– sorteando eficazmente tanto la noción de democracia representativa, como, más recientemente, la de parlamentarismo. Desde las factorías de narrativas se nos interpela con el argumento de la voluntad popular, haciendo proselitismo con la idea del voto, repitiéndolo como un mantra vacío, como un sonido vacuo que inunda la retórica política.




Cuando, en la versión más actual de este fenómeno, se apela a la dudosa legitimidad de “un presidente que no ha sido refrendado por las urnas” se está apelando a la desinformación de los ciudadanos y al desconocimiento de nuestro sistema político. Cuando los actores políticos emiten desacomplejadamente ese mensaje, lo hacen siendo conocedores de que en un sistema parlamentario los ciudadanos no eligen, ni votan a su presidente, sino que ejercitan su derecho al sufragio activo para determinar la composición de los órganos legislativos; a saber, de nuestro Parlamento.

“La moción de censura necesitó una mayoría notablemente más amplia que la investidura del presidente por vía ordinaria”.

 

Cuando se cuestionan públicamente la legitimidad del presidente, lo hacen siendo conocedores de que dicha legitimidad descansa en el Congreso –emanado de las urnas en junio de 2016–, en el respaldo de una mayoría absoluta de escaños y en los electores representados en dichos escaños. Cuando tratan de concitar el descontento ciudadano ante la presidencia de un ejecutivo “que ha llegado a La Moncloa por la puerta de atrás”, lo hacen siendo sabedores de que, para que la moción de censura saliera adelante se precisó de una mayoría notablemente más amplia –180 diputados frente a los 170 logrados por Rajoy– que para la investidura del presidente por vía “ordinaria” –prevista en el artículo 99 CE– que, en caso de no obtenerse la mayoría absoluta plantea que la confianza de la cámara será otorgada en segunda votación por mayoría simple.

Cuando tratan de inocular en la ciudadanía una asunción subjetiva del lema “lo correcto es que gobierne la lista más votada” lo hacen a sabiendas de que abundan los países europeos en los que “los pactos de perdedores” son la regla consuetudinaria de la praxis parlamentaria. Y de los que, frente a la tiranía de la mayoría del 51%, podríamos aprender a valorizar el diálogo, la cooperación y el consenso –como base imprescindible en la articulación de políticas públicas efectivas–. Y todo ello, lo esgrimen amparados en la incomprensión de nuestro sistema parlamentario, que viene de lejos y que está profundamente arraigada en la cultura política española.

Ante esto, nos queda el imperativo de exigir cierto sentido de la responsabilidad en las aportaciones al debate público. Nuestra labor como periodistas, politólogos y ciudadanos es someter a un escrutinio constante los mensajes que se emiten en esa marisma que es de la deliberación pública de los problemas políticos.