LA GRAN AMENAZA: Entrevista a Beatriz Becerra

Con “Eres liberal y no lo sabes” (Deusto), la eurodiputada Beatriz Becerra (Madrid, 1966) apela al lector: “Eres liberal si defiendes los Derechos Humanos”, “si luchas contra la desigualdad y la discriminación”, “si combates las mentiras del nacional-populismo” o “si consideras que la negociación y el consenso posibilitan las reformas”. Y así hasta diez condiciones –una por capítulo– que componen este “manifiesto por el progreso y la convivencia” con el que su autora pretende reivindicar el “equilibrio siempre inestable, la flexibilidad y la naturaleza antidogmática” del carácter liberal.

Defiende Becerra en su libro un liberalismo amplio, pragmático, reformista y centrista, por el que se puedan sentir atraídos desde socialdemócratas “con los pies en el suelo” hasta conservadores moderados. Todo ello, en un momento en el que la desconfianza ciudadana hacia la democracia liberal se materializa en éxitos como los de Orbán en Hungría, Salvini en Italia, Andrzej Duda en Polonia y en el auge de Alternativa por Alemania o Demócratas Suecos, terceras fuerzas políticas en sus respectivos países.

“Gozar de la completa condición de ciudadanía también pasa por contar con una prensa libre”, indica Becerra. Por ello, los beneficios de los derechos de autor de “Eres liberal y no lo sabes” se destinan íntegramente a Reporteros Sin Fronteras España.

Europeísta convencida de las bondades de la integración, es vicepresidenta de la subcomisión de Derechos Humanos en el Parlamento Europeo, donde ocupa un escaño desde 2014. Primero, como diputada por UPyD y desde 2016, como independiente dentro de la Alianza de Liberales y Demócratas Europeos (ALDE), grupo parlamentario que comparte con, entre otros, el belga Guy Verhofstadt o la sueca Cecilia Wikström, quienes colaboran en el libro.

Para analizar las amenazas del europeísmo y la crisis –o no– del pensamiento liberal, UND_R CONSTRUCTION entrevista a Beatriz Becerra, cuyo libro pretende ser un recetario liberal ante los nuevos –y no tan nuevos– desafíos del viejo continente.

Elaboración, redacción y fotografía: Javier Corbacho Galán


UND_R CONSTRUCTION: Emmanuel Macron, uno de los principales estandartes del liberalismo europeísta que defiende en su libro, no cuenta con la aceptación de los franceses: sólo el 17% de los galos le apoya y el 40% rechaza su gestión. En España, Ciudadanos ya no goza de aquel mimo de las encuestas que una vez tuvo. Mientras, proliferan los gobiernos iliberales en Polonia, Italia o Hungría. En esta última, Orbán declaró durante su investidura que “la era de las democracias liberales ha terminado”. ¿Está perdiendo fuelle el liberalismo en el viejo continente?

Beatriz Becerra: Yo creo que no, todo lo contrario. A día de hoy, el liberalismo europeo moderno e insurgente, al que hago referencia en mi libro y al que entiendo como ese planteamiento que está a la altura de las exigencias del siglo XXI, lo que está haciendo en países como Francia es acometer los cambios necesarios. Y a veces no es popular hacer reformas. Ya sea en países como Francia, Holanda o Dinamarca, el planteamiento liberal lo que está haciendo es considerar una prioridad las necesidades de Europa y convertirla en ese destino común al que tenemos que aspirar para salvaguardar nuestro futuro.

Hablando de Europa, partidos como Alternativa por Alemania, los ultraderechistas Demócratas Suecos o el Frente Nacional francés han convertido en la punta de lanza de su discurso euroescéptico la pérdida de soberanía nacional que supone la integración europea y la globalización que trae consigo. Reivindican “Estados fuertes”… ¿Ha engendrado monstruos el proyecto europeo?

Beatriz: Estas supuestas reivindicaciones de soberanía nacional a lo que nos llevan es a la regresión, al aislacionismo, a volver a un pasado del que hemos querido escapar y para el cual la Unión Europea ha sido un verdadero milagro que ha posibilitado superar siglos de enfrentamientos. La UE nos ha permitido centrarnos en la búsqueda de lo que nos une por encima de aquello que nos diferencia. En un mundo global como el del siglo XXI, lo que encarna la Unión Europea –es decir, un marco legal y de valores, la defensa de los Derechos Humanos y del Estado de Derecho– es su ventaja competitiva.

En España, tanto por derecha como por izquierda, ¿teme algún tipo de tentación iliberal? Tanto por parte de los ciudadanos como por parte de los partidos en sus propuestas.

España, al final, no es tan diferente del resto de los países europeos. Hasta ahora, los movimientos nacional-populistas que han tenido alguna relevancia han sido más cercanos a la izquierda, como Podemos. Aunque también es cierto que en el secesionismo catalán hay una mezcolanza de partidos de derechas, como el actual PDeCat. Hasta ahora, no habían aparecido otros partidos –clones de los que han aparecido en otros países europeos– como puede ser VOX.

Lo que queda muy claro con todo esto es que el eje izquierda-derecha hace mucho que dejó de tener validez. Ahora mismo, nos encontramos ante la encrucijada de defender y sostener la democracia liberal frente a los nacional-populistas de todos los colores que pretenden destruirla.

Ahora que lo menciona, como miembro de la Alianza de Liberales y Demócratas Europeos, ¿cómo valora la próxima expulsión del PDeCat –por la corrupción, eso sí– de ALDE? En su libro afirma que un liberal y un nacional-populista son antagónicos.

Son claramente antagónicos. El PDeCat siempre ha sido un cuerpo extraño dentro del grupo de liberales europeos. Y las razones por las que ahora se va a proceder a su expulsión a finales de octubre no son nuevas. Que se trate de un partido corrupto no es nuevo, es cosa de hace mucho tiempo. Los otros elementos que claramente los configuran como enemigo del liberalismo son la xenofobia, el supremacismo y el antieuropeísmo que han encarnado durante todo el proceso secesionista.

“No nos podemos permitir que la igualdad de género llegue por sí sola”.

 

Estamos en un momento clave desde el punto de vista estratégico para cimentar una necesaria alianza liberal de cara a las elecciones europeas. Y plantear esa alianza teniendo un lastre como el PDeCat junto a una contraparte como es Macron es absolutamente imposible. Por tanto, creo que es una decisión que tiene mucho que ver con esta estrategia, necesaria y oportuna, de cara a los comicios de 2019.

Hablando de buscar la confianza de los ciudadanos para engendrar un proyecto liberal: ¿ha pecado el liberalismo de olvidar a los perjudicados –que los hay– por la integración europeísta y por la globalización? Quizá habría que cuestionarse el optimismo liberal.

Yo reivindico de manera expresa el optimismo porque está en la esencia del liberalismo. Los hechos nos demuestran que el progreso se produce cuando se acometen los cambios necesarios. Esos cambios nos llevan a situaciones mejores como la que actualmente disfruta el mundo, en comparación con las que ha tenido a lo largo de su historia. Pero ese optimismo tiene que estar necesariamente asociado a la humildad de reconocer las limitaciones.

Yo creo que ahora mismo también es el momento de desacreditar a todos aquellos que durante mucho tiempo han pretendido quedarse solo con una parte del liberalismo: no existe el liberalismo económico separado del liberalismo político y social. Son inseparables y quienes los separan le hacen el juego a quienes tratan de etiquetarlo como una ideología, algo que no es. El liberalismo es una actitud ante la vida.

Pero hablo de plantarse si se ha desconsiderado a los perdedores de la integración europea. Algo similar en Europa a los “perdedores de la globalización” que, en su mayoría, han llevado a Trump a la Casa Blanca.

Yo no creo que el liberalismo haya dejado jamás de lado ni deje fuera de su campo de visión a cierta parte de la sociedad. El liberalismo se construye sobre dos ejes: la libertad y la igualdad. Y tampoco se pueden separar de ninguna manera.

Me refiero a personas para las que la integración europea haya supuesto una amenaza para sus estilos de vida y se decanten por ese repliegue sobre sí mismos que ofrecen los movimientos populistas. Algo que los liberales ni contemplan pero que ciertos ciudadanos sí consideran debido a los efectos colaterales de la integración europea.

Es absolutamente necesario hacer una crítica de todo aquello que es mejorable. Uno no debe ni encasquillarse en la crítica ni sólo dedicarse a flagelarse; actitudes que sólo ayudan al populista a hacerse con el poder.

“El eje izquierda-derecha dejó de tener validez hace mucho”.

 

Hay ciertos niveles de desafección o de alejamiento de la deriva de cierta socialdemocracia, que desde hace varios años ha tomado la senda identitaria y ha promovido la diferenciación entre colectivos, minorías, grupos y subgrupos que lleva al absurdo. El liberalismo, por definición, se instala en los derechos y las libertades individuales, tomando a todo individuo como un sujeto crítico, con derechos y responsabilidades. Cualquier otro planteamiento que lo considere un niño al que tutelar, un sujeto al que subvencionar o sólo un elemento de un determinado grupo es contrario al liberalismo.

Usted defiende un liberalismo progresista y reformista, servicios públicos de calidad, cuotas de género. Afirma que “sin la intervención de las instituciones tardaríamos décadas en lograr la igualdad entre hombres y mujeres” y critica la privatización por norma de las empresas públicas. El papel del Estado es uno de los debates todavía abiertos en el liberalismo: Hayek y su reducción al mínimo, Rawls y su liberalismo-socialdemócrata, Nozick y su “anarco-liberalismo”… ¿Usted cómo se posiciona?

En ese debate, yo creo que Keynes tomó la postura adecuada. El Estado está para hacer aquello que el mercado no puede hacer. Además, existe para asegurarse de que se cumple la ley, garantizar a los ciudadanos sus derechos y ofrecerles unas condiciones de seguridad que les permitan perseguir la felicidad, algo que los americanos –la búsqueda, ojo– consideran un derecho.




Por lo tanto, el papel del Estado tiene que ser el adecuado al momento en el que vivimos y convertirse en el garante de aquello que el mercado no puede proveer por sí mismo. Si hablamos de cuestiones como la igualdad de género, no nos podemos permitir que llegue sola dentro de 220 años, como indica el Foro Económico Mundial. Un planteamiento pragmático pero con principios es el que se adecúa más a la acción liberal-demócrata de estos tiempos. Hay que abordar aquello que sabemos que no funciona bien o que recorta libertades y derechos.

“Nunca la democracia liberal ha estado en peligro de muerte como actualmente”.

 

Esas discusiones bizantinas y académicas, propias de los liberales “de etiqueta”, no solucionan nada. Coincido mucho con [la economista Mariana] Mazzucato, que habla de un Estado emprendedor, que apueste por aquellos elementos estratégicos para la sociedad por los que la iniciativa privada, por el riesgo que conlleva en un primer momento, no se decanta.

¿Cree que el liberalismo va perdiendo en la batalla discursiva ante una izquierda que lo considera insensible e individualista hasta rozar el egoísmo, o frente a aquellos que lo califican de “tibio”?

Ese discurso de la izquierda es falso y puede provocar una mala imagen si no uno suficientemente proactivo en la defensa de la verdad. Yo creo que la mentira tiene las patas muy cortas y creo que la carrera se puede ganar. Esa voluntad de poner etiquetas falsas tiene ya muy pocas bazas que jugar.  Hoy más que nunca, a ocho meses de las elecciones europeas, hay que dar la batalla por la defensa de la democracia liberal desde un planteamiento abierto, moderno e inclusivo. Me da igual si quienes se sienten apelados son conservadores moderados, socialdemócratas, progresistas… La batalla por defender aquello en lo que estamos de acuerdo hay que darla en campo abierto. Nunca como ahora la democracia liberal ha estado no sólo amenazada sino en peligro de muerte de una manera tan cierta.