B DE BULO

La supuesta decapitación de la activista Esra al-Ghamgam ordenada por el Gobierno de Arabia Saudí ha llegado a convertirse en trending topic en varios países durante la pasada semana. Algunos tweets virales incluso compartían un vídeo de la ejecución de esta defensora de los Derechos Humanos. Lo que sucede es que ni la noticia es cierta ni el vídeo se corresponde con su “ajusticiamiento”.

Elaboración: Javier Corbacho Galán

Imagen: Copyright free


Al-Ghamgam sigue en la prisión en la que entró en diciembre de 2015 a la espera de sentencia, aunque su futuro no sea especialmente esperanzador. La viralidad de esta información falsa ha provocado incluso que la familia de Esra alertase de que su propagación puede agravar la situación de su hija. Y aunque el autoritario régimen saudí vulnera reiteradamente los derechos civiles y políticos más básicos –lo denuncia Amnistía Internacional–, el vídeo de la decapitación pertenecía, en realidad, a la muerte de Laila Bint Abdul Muttalib Basim, una mujer acusada de asesinar a su hijastra.

“Según un estudio de Science los bulos viajan mucho más lejos y más rápido que la información verdaderas, sobre todo las noticias políticas”.

 

Como es habitual en este tipo de contenidos virales, añadir un “ante el silencio de los medios occidentales” o un “y no lo leerás en los periódicos” incrementa exponencialmente el número de retweets y la indignación de quienes los comparten. No apareció en medios occidentales ni periódicos simplemente porque es falso; sin que por ello lo publicado en prensa sea siempre el sanctasanctórum de la Verdad (así, con mayúscula). De hecho, la ejecución de Laila Bint Abdul sí fue recogida en 2015 por el diario briánico The Independent

Press TV, una televisión oficial financiada por el régimen iraní, fue quien comenzó a dinfudir la noticia falsa sobre Esra, que no tardó en ser repetida por plataformas y perfiles de dudosa credibilidad. Como imaginarán, las tiranteces entre los ayatolás y la monarquía saudita son más que habituales.

Esta misma semana, la supuesta promesa de Podemos de crear playas exclusivas para mujeres musulmanas no sólo recorría Twitter y Facebook sino que llegó a publicarse y desmentirse después en diversos medios franceses. Se trata de otro bulo. La web que inició este viral islamófobo –como ven, el islam es un activador de noticias falsas– lo publicó por primera vez en 2015 y decide resucitarlo cada año. Y no sin éxito, el último post lleva en Facebook 46.000 interacciones y más de 300 comentarios de usuarios irritados con esta “decisión” de la formación morada.

“Añadir un “ante el silencio de los medios occidentales” o un “y no lo leerás en los periódicos” incrementa exponencialmente el número de retweets y la indignación de quienes los comparten”.

 

Este tipo de contenidos no hace sino envenenar el debate público, a pesar de que, paradójicamente, las redes sociales fueron vistas en su nacimiento como una herramienta para mejorarlo. Y contribuyen a ello, desde luego, pero como indica un estudio de la revista Science con datos facilitados por Twitter, los bulos en la red social viajan “mucho más lejos, más rápido, más profunda y ampliamente” que la información verdadera, “sobre todo las noticias políticas”.

Si algo tienen en común los usuarios de las redes encolerizados por la supuesta ejecución de Al-Ghamgam y los enojados por la aparente islamización de las costas españolas es su predisposición para considerar, sin apenas recelo, estas informaciones como sucesos reales.

Estos contenidos triunfan, en definitiva, porque apelan a nuestro “sesgo de confirmación”; lo que narran encaja con el sistema de valores del potencial retuiteador, que tiende a buscar información, real o no, que confirme sus creencias y a evitar aquella que ponga en jaque su comodidad ideológica.

Otra de las amenazas para el debate público es lo que se conoce como el fenómeno de la “cámara de eco”. Lo explica Gonzalo Rivero en Politikon: “En redes, seguimos la misma estrategia que usamos con el resto de los medios de comunicación: preferimos leer a gente con la que estamos de acuerdo o que tiene opiniones similares a las nuestras. Dicho así suena bastante inofensivo, pero quizás el aspecto más oscuro de esta forma de decidir los contenidos a los que estamos expuestos aparezca más clara si expresamos la misma idea en negativo: escogemos a quien seguir de tal manera que no tengamos que ver una diversidad de opiniones. Y las redes sociales nos permiten hacer esto a una escala muy superior a los medios tradicionales, hasta ahogar cualquier voz disonante. Al hacer una segunda selección de tweets de entre la gente que seguimos, Twitter estaría cerrándonos todavía más en nuestra burbuja”.

“Lo explica Gonzalo Rivero: preferimos leer a gente con la que estamos de acuerdo, algo que las redes permiten a una escala superior a los medios tradicionales””.

 

En definitiva, guiados por una reacción que tiene algo de visceral, tendemos a recibir, asimilar y compartir aquellas informaciones que no cuestionan nuestra manera de interpretar la realidad. Y quizá se trate de un mecanismo biológico que ayude a evitar la incomodidad –más aún cuando las redes mezclan información con entretenimiento– pero no por ello debemos dejar de ser conscientes de las mermas en el debate público que sesgos y ecos entrañan.