EL FIN DE UN MUNDO: Entrevista a Javi Gómez

“Y en el aire algo nos hizo pensar, que los sistemas empezaban a fallar”, canta Abraham Boba –vocalista de “León Benavente”– en “La Gran Desilusión”. Con el mismo título que el tema indie, con enormes dosis de ironía y compartiendo el interés por los sistemas estropeados, el primer libro de Javier Gómez (Madrid, 1978) trata de entender “cuándo se averió la máquina del Futuro” y cómo las sociedades modernas perdieron la fe en el progreso que había caracterizado las décadas anteriores. La desilusión democrática –incluso el cuestionamiento del sufragio–, el desapego por la razón, el fin de los ideales o la desconfianza en las instituciones parecen haberse instalado entre los ciudadanos con la llegada del nuevo milenio. Y –según Gómez– esto puede ayudar a explicar el triunfo de Trump, el Brexit y la apuesta independentista de ciertos sectores de la sociedad catalana. O el éxito de partidos ultras como Ley y Justicia –mayoría absoluta en Polonia tras el descalabro de la izquierda–, Alternativa por Alemania, tercera fuerza en el Parlamento germano, o el enrevesado panorama político italiano. “La emoción ha noqueado a la razón”, afirma en su libro.

El fiasco de la maquinaria del porvenir no se circunscribe a un único ámbito. Según cuenta Javier Gómez en “La Gran Desilusión” (Círculo de Tiza), sus consecuencias han salpicado a la política –a izquierda y a derecha–, al periodismo, a la libertad de expresión, a nuestra relación con la tecnología, al debate público y al bienestar como pilares de las sociedades occidentales. “No es el fin del mundo. Sólo el fin de un mundo”, escribe. Un mundo en el que las promesas incumplidas han dejado un hueco que ha rellenado “la nostalgia empaquetada”, el dogmatismo, el ensimismamiento y el mesianismo. Un escenario en constante cambio, cuya velocidad ha llevado a muchos a añorar un pasado que, al menos, lograban entender.

Periodista –llegó a ser subdirector de El Mundo y corresponsal de La Razón–, presentador de televisión y primer director de la revista dominical PAPEL –la prensa en papel; otra crisis–, Javier Gómez responde a las preguntas de UND_R CONSTRUCTION para desentrañar los engranajes de “la máquina del Futuro”. Tenga arreglo o no el aparato; Carlos Alsina –prologuista del libro– le describe como un hombre ilusionado. Y, visto lo visto, no es poco.

Elaboración y redacción: Javier Corbacho Galán

Fotografía: Yasmín Khalloufi


UND_R CONSTRUCTION: Si algunos teóricos –Johan Nordberg o Antonio Escohotado, por citar algunos– afirman que vivimos el mejor momento de la Historia de la Humanidad, ¿por qué son las actuales generaciones las que están viviendo La Gran Desilusión?

Javi Gómez: Puedes añadir a esa lista a Pinker [Steven Pinker, escritor y lingüista canadiense, autor del reciente “Enlightenment Now: The Case for Reason, Science, Humanism, and Progress”] y tendrás a los exponentes de los “nuevos optimistas”; así les llaman. Yo lo que digo es que existen razones para ser optimista –subrayo la palabra “razones”– pero quizás lo que no hay son percepciones que lleven a serlo. En cierto modo, al hacer un análisis riguroso y con datos, coincido con ellos en que creo que el mundo ha mejorado con respecto a años atrás. Lo que sucede con estos autores es que tienen una propuesta más cerrada y, ante esto, la gente o se suma o se baja. Mi libro, en primer lugar, no es el de un pensador; ahí tengo cierto déficit frente a ellos. Y, en segundo lugar, es un libro de matices; siento desilusionar a quienes creen que el mundo es una puta mierda y que hay que tirarlo a la basura y también a quienes afirman que todo es maravilloso.

Yo creo que los tres nombres que mencionas están, en cierto modo, llamando idiotas a muchos ciudadanos. Si yo ayer hubiese dicho a los manifestantes de Bilbao [concentración para exigir “pensiones dignas”] que va todo de puta madre en comparación con los datos de hace 50 años o les dijera a los jóvenes que reparten pizzas en bici por 500 euros que no deben quejarse porque lo dicen Escohotado, Nordberg y Pinker me responderían que me estoy riendo de ellos. O lo mismo con los españoles que han emigrado o los profesores asociados que cobran 500 euros. Yo entiendo que es muy osado decir lo que han dicho y que son magníficos los tres pero lo que sucede es que hay una gran disociación entre lo real y la percepción.

“Siento desilusionar a quienes creen que el mundo es una puta mierda y que hay que tirarlo a la basura y también a quienes afirman que todo es maravilloso”.

 

La gente se siente peor cuando los datos dicen que no estamos tan mal y esa contradicción es la que yo intento desentrañar en el libro. Por eso mezclo las razones que brindan los datos a gran escala con otras intimísimas del ser humano, ya que todas ellas son necesarias para entender cómo es posible esa gran desilusión en un periodo de cierta bonanza macroeconómica.

Gracias al progreso tecnológico, la información de toda índole es hoy más accesible. Entonces, ¿por qué prima el relato sobre los datos en el debate público?

Javi: El progreso tecnológico nos ha permitido abordar el futuro con minúsculas y lo que queda por abordar es el Futuro con mayúsculas. La tecnología nos ofrece múltiples facilidades y nos simplifica procesos complejos pero no le aporta ni un centímetro cúbico a nuestra confianza como seres humanos en un proyecto colectivo ni al sentido de la vida por el que llevamos preguntándonos más de 2.000 años. No creo que la gente tuviera mas fe en el futuro cuando viajaba en un carromato con bueyes que ahora que tocamos una tecla y sabemos qué canción está sonando. Creo que la sensación de ilusión o desilusión no tiene nada que ver con el avance tecnológico. No quiere decir que no lo acepte como progreso –soy un partidario de la tecnología– pero creo que eso es una trampa; es un falso futuro. De nuestra piel hacia fuera nos facilita las cosas pero hacia dentro no creo que nos cambie nada. Puede incluso que hasta nos presente dificultades.

En su libro afirma que el ser humano del presente ha sustituido los ideales –planteados en beneficio del conjunto de la sociedad– por las expectativas individuales. ¿Qué nos ha vuelto egoístas y cortoplacistas?

Somos la generación más inmadura, epicúrea y egoísta de la Historia. En el libro cuento que la adolescencia es un periodo que no existía en el siglo XIX. Y en el XX eran tres años: de los 13 a los 16. Pero ahora, de repente, se ha convertido en un largo intervalo de varias décadas dedicadas al placer. Todo el mundo está obsesionado con el placer y eso es un problema porque lo hemos confundido con la felicidad, del mismo modo que hemos sustituido los ideales por expectativas o entremezclado lo privado con lo público. No pensamos en los progresos colectivos sino en el individual y estamos abrumados por nuestras propias expectativas: triunfar, viajar, tener… Parece que si no se cumplen una serie de objetivos materiales no podemos ser felices. Y cuando las cumplimos y no lo somos nos volvemos locos y tenemos que hacer mindfulness.

“Trump, Macron, el Brexit o el movimiento Cinco Estrellas son respuestas diferentes a un mismo problema: la ruptura de los vínculos entre la política tradicional y los votantes”.

 

Ninguno de nuestros antepasados pensaba que había venido aquí para ser feliz. Nadie: ni tus abuelos, ni tus bisabuelos, ni tus tatarabuelos ni los abuelos de estos. Habían venido aquí a estar; no pensaban que tenían que ser felices en todo momento. Y esa es una presión que está machacando a la gente. Creo que los pensionistas, en ese sentido, son una bonita lección; ellos están peleando no sólo por su futuro sino por algo más general y más colectivo. Nos hemos obsesionado con pequeñas minucias que sólo pueden darnos unas onzas de felicidad y que no significan nada.

¿Dónde quedó la idea de compromiso como pilar de la política y del periodismo? Es decir, ¿qué fue del pacto, basado en el acuerdo, entre lector y periodista o entre votantes y político?

Es una gran pregunta. La gente no ha perdido interés en la información sino en las instituciones que se la brindaban: los medios de comunicación. Y tampoco lo ha perdido en la política sino de nuevo en las instituciones: en la Unión Europea –en Bruselas, de forma abrumadora– y en los partidos.

Antes, la gente se sentía vinculada a un periódico porque le explicaba el mundo. Pero las instituciones periodísticas dejaron de ofrecerles esta aclaración en ese periodo tan brumoso –en el que tanta falta hacía una linterna– ya que los medios estaban igual o más desubicados que los ciudadanos. Y esto mismo ha sucedido en la política. ¿Qué es, en el fondo, el 15M? Una expresión de descontento, de pérdida de vínculos. Y ese sentimiento de ruptura también se percibe en el periodismo: la gente ya no se vincula a la cosmogonía de una cadena de TV, a una radio o a un periódico. Han entrado en crisis dos de los proyectos colectivos que existían desde hacía decenios.

¿Y vamos a peor?

En eso sí que me declaro algo optimista. Creo que es cuestión de ciclos. Ahora existe la oportunidad de construir “periodismos” –en plural– y periodismo –en singular– gracias a nuevas herramientas, lenguajes, vías de acceso y públicos. Lo que sí hace falta es un modelo de negocio sostenible.

Políticamente, nos la jugamos si se rompe ese vínculo y esa fe en las instituciones, en el sistema y en el futuro. ¿Por qué va a seguir alguien deslomándose a trabajar cuando no le aseguran un bienestar? ¿Por qué va a querer seguir contribuyendo al sistema? Tenemos –y eso ya no está en mi mano– que ofrecer un ideal alcanzable. En uno de los artículos que recopila el libro, explico cómo el yihadismo se ha aprovechado de la falta de proyectos en Francia para ofrecer un camino a miles de jóvenes galos que se sentían absolutamente desencantados o no integrados. El sistema tiene que decirle a la gente: “Yo te voy a ayudar, voy a protegerte cuando estés mal. Y por eso tienes que pagar impuestos, colaborar conmigo, esforzarte…”. De recuperar ese proyecto colectivo depende ahora mismo el futuro de nuestros sistemas e incluso el futuro de Europa. Y va a ser un poquito más difícil que en el periodismo.

La desconfianza del votante en los partidos tradicionales tiene su reflejo en las elecciones francesas: pinchazo de conservadores y socialdemócratas y una segunda vuelta entre Macron –líder de un movimiento ciudadano– y Lepen –de una agrupación ultra y xenófoba–. ¿Estamos viviendo el fin de la política tradicional?

La gente está analizando a Macron como si fuera un asunto diferente del Brexit, Trump o el Movimiento Cinco Estrellas. Todo forma parte de lo mismo.

Sí, son respuestas contrarias pero a mismo problema: la política tradicional.

Exacto, son diferentes pero el problema es el mismo. Lo que pasa es que, en cada país, quien ha sabido articular una respuesta es un partido o una ideología diferente. Francia es un ejemplo paradigmático porque las dos fuerzas hegemónicas [el Partido Socialista de Hollande y Los Republicanos, conservadores, liderado por François Fillon] se han roto en mil pedazos ante esa sed de ruptura. Aunque la gente no se da cuenta de que en Francia ser europeísta y liberal es casi más rupturista que ser de una derecha extrema (risas). Macron lo que consiguió fue dirigir esa sed de ruptura hacia un proyecto de reforma; algo parecido al proyecto de Renzi en Italia.

El de Renzi con menos éxito… [La propuesta de Matteo Renzi, ex primer ministro del centroizquierdista Partido Democrático, para centralizar las competencias y agilizar la tramitación de leyes fue tumbada en un referéndum celebrado a finales de 2016; lo que provocó su dimisión].

(duda) Lo de Renzi fue una torpeza concreta pero yo no creo que no estuviera teniendo éxito en su proyecto de reforma. Lo que hizo fue darle la palabra al pueblo antes de tiempo, cuando hoy en día los referéndum los carga el diablo, como bien saben Cameron y muchos otros. Pero ya no es tanto cómo se aplica el poder sino cómo se alcanza. Y Renzi lo obtuvo como lo hizo Macron: ofreciendo una propuesta de modernidad y ruptura frente a lo tradicional y lo estancado. Ruptura también la ofrece el Frente Nacional o Trump. Lo que sucede es que hay unos que intentan dar respuestas racionales a ese miedo como hizo Macron y otros que intentan manipular basándose en ese temor, como Trump. Y, aunque diferentes, son consecuencias del mismo problema.

Y eso va a llegar a España; sin ninguna duda. Lo que pasa es que nuestro país sigue procesos más lentos, salimos más tarde de la dictadura y para nosotros Europa no ha significado lo mismo que para la mayoría de países. Además, somos un país especialmente tolerante y con unas cualidades humanas descomunales –y yo no soy un especial cantor de las bondades de España–, lo que ha reducido los problemas de integración de los inmigrantes frente a los de otros países. Pero este fenómeno va a llegarnos. Ahora hacen falta respuestas diferentes que sepan devolver a la gente la fe en un proyecto colectivo. Y luego que esa gente, según sus ideologías, acepte el proyecto que quiera. Pero que sea uno colectivo; que los ciudadanos sepan que la suma de varios es mayor que esos mismos por separados y que devuelva la sensación de pertenencia a algo más amplio. Y este propósito pertenece al terreno de lo simbólico. Por eso no puedes llegar y decirle a alguien: “No, mira. Va todo de puta madre”.

Hace un par de días, un liberal –Juan Ramón Rallo– argumentaba que el motivo por el que no hay que subir las pensiones es que el 88% de los jubilados tiene vivienda en propiedad. Pero, si lo planteamos de otra manera, ¿cómo se vive pensando que quizá ese 88% de propietarios, dentro de cuarenta años, sea el 35%? ¿Cómo pagar, siendo mayor, una casa en alquiler con la subida de precios? Los datos, al final, sirven relativamente; según como los quieras leer.

“En ocasiones, los periodistas hemos mirado a nuestros públicos por encima del hombro”.

 

El libro de Pinker será muy celebrado por muchos columnistas pero ahí fuera importa una mierda. Para convencer, no valen una escuadra, un cartabón, un algoritmo y una hoja de Excel; hoy en día se convence con subjetividades, con golpes de tripas. Comparto en parte estos análisis pero creo que no valen para devolver a la gente la fe en un proyecto común, en la democracia o en el capitalismo. Democracia y capitalismo son mejorables, por supuesto; hay que hacer que la gente sepa que va a poder mantener a su familia o dedicarse a la investigación en su propio país.



¿Pero cómo deben relacionarse razón y emoción en ese retorno a la ilusión? ¿Cuánto tiene que tener de cada una ese proyecto colectivo?

(duda) No sé si será posible cuantificarlo pero, desde luego, tiene que hablar esos dos lenguajes. Si no se hace, es imposible. El Partido Popular, si quieres que vayamos a lo concreto, se está dando cuenta de esto; “conseguimos cosas pero no las vendemos bien”, dicen algunos populares. Yo no entro a valorar si esos logros son o no ciertos. Lo que me interesa es la reflexión: teniendo tales o cuales datos no creen convencer a la gente. Pero luego ganan las elecciones, por lo que sí consiguen convencer a según qué gente. En ese doble péndulo se mueve el discurso político; no puedes darle ecuaciones a la gente sin darle fe en el futuro.

“La política se ha convertido en una entretenida disposición de iconos”, afirma su libro. Considera que la cultura visual y la inmediatez en el consumo han sustituido el debate político pausado y razonado por la simbología y el espectáculo. Y este paradigma parece imparable. La política, tal y como la entendíamos hasta hoy, ¿morirá? ¿Va a reinvertarse?

No creo que pueda volver la política tradicional. Decía hace poco Santi Vila en una entrevista [interrogado por Soto Ivars en El Confidencial] durante la promoción de su libro que si Twitter no hubiese existido, se habría evitado la vía unilateral. Por mucho que uno se esfuerce en tener un discurso racional, las redes, la velocidad y la presión pública no van a favorecer un contraste pausado de los argumentos.

Tampoco es que yo tenga soluciones; o no me dedicaría a este oficio. Con este libro he tratado de ser observador y examinar los 360 grados posibles, mezclando asuntos que aparentemente no tienen que ver pero que juntos explican algunas cosas, en mi opinión. Con el debate público pasa como con la frase de Vargas Llosa: “¿Cuando se jodió el Perú?”. No lo sé.

“Para tener futuro, la izquierda tiene que volver a recuperar Carabanchel o Vallecas”.

 

Yo no destierro los símbolos radicalmente. El problema se produce cuando la política se torna simbolismo y, a veces, acaba transformada en cosmética. Hay que buscar un equilibrio. Y los medios de comunicación deben ayudar a encontrarlos porque también nos jugamos nuestro propio negocio. Nosotros no podemos competir con la prisa. Sin contexto, el periodismo está muerto. La información necesita jerarquía, pausa, relación de conceptos. No hablo de truños de 25 páginas; hablo de dar contexto. Sin pausa, la política y el periodismo mueren.

¿Tenemos parte de culpa los periodistas?

Sí, mucha, mucha. Hemos mirado a nuestros públicos por encima del hombro. En el libro explico que la televisión ha entendido, mejor que la prensa, que el público no tiene la culpa de las ventas. En prensa, había quien pensaba que hacíamos las cosas de puta madre por lo que si no vendíamos era porque la gente era tonta. Y no, no lo es. Nadie se miraba al espejo y decía: “La gente no nos necesita, ¿por qué? ¿Qué puedo hacer yo para que nos vuelvan a necesitar?”. Sin embargo, había quien creía que éramos más importantes que el resto de los medios y se consolaban ahorrando costes una y otra vez para intentar recuperarse. Pero claro, se perdía calidad en el periodismo y se echaba la culpa a los lectores. La TV, al menos, ha tenido la humildad –quizá porque tiene más que ver con los públicos– de adaptarse y de no considerar que la gente es tonta; de preguntar al público qué necesita y de intentar ofrecérselo manteniendo un nivel informativo.

Otra de las críticas a la política, también aplicable al periodismo, es que la globalización ha cambiado de manos el poder; la capacidad para influir y generar cambios ya no está en el terreno de la política ni en el del periodismo sino en las grandes empresas, creen. Un obrero del Rust Belt, por ejemplo, que crea que un político demócrata no va a mejorar su vida y vota a Trump porque se opone a la globalización y al establishment

Hay una disociación enorme entre el concepto de clase que existía antes y el de ahora. Hace unos días me preguntaron que de qué va mi libro –una de estas preguntas a las que nunca sabes cómo responder– y dije –y sigue sin parecerme una mala respuesta (risas)– que trata sobre un mundo en el que las fronteras se han roto. El “mundo” de antes –el que habíamos estudiado en el colegio, con sus fronteras al norte y al sur, con países con los que nos llevábamos bien y países con los que nos llevábamos mal; el de la España de la peseta– era mucho más finito, más previsible, más concreto. Y, por tanto, más gestionable. La ruptura de las fronteras –tecnológica, política, económica…– ha generado una incertidumbre que ha sido un tsunami social en todos los niveles.

Las clases populares se sienten totalmente disociadas de los centros de decisión. Y eso es algo que hay que recuperar. Hay ciertas guerras culturales y cierto cansancio del establishment –ambas las ha sabido explotar Trump muy bien– que están provocando oscilaciones masivas de votos que antes no existían. Ahora, porcentajes de 20 puntos se mueven como en una montaña de un parque de atracciones.

Las clases populares se sienten un poco huérfanas porque son las que más viven de esa idea de futuro. Cuando no tienes lo que te gustaría tener, piensas que puedes obtenerlo más adelante o que lo alcanzarán tus hijos. Por eso, cuando se rompe esta idea, los que más sufren son las clases medias, los trabajadores y los jóvenes.

¿Y por qué la izquierda tradicional no ha sabido atraer hacía sí ese voto desilusionado?

Por varias cosas. Algunas, compartidas con el periodismo como el complejo de superioridad. No ha sabido dar respuestas adaptadas a los tiempos y sus estructuras de análisis, según creo, están caducas: “los míos vs. los otros”, “los malos contra los buenos”… La sociedad ya no está estratificada de esa forma.

Lo explicaba muy bien Quequé [humorista y presentador de “La Vida Moderna” en Cadena SER, durante una entrevista] cuando decía:  “La izquierda ha ganado Malasaña y ha perdido Carabanchel”. Ha atraído a las clases medias, formadas y con profesiones liberales de Malasaña pero, si quiere tener futuro, tiene que volver a recuperar Carabanchel o Vallecas. Y también ha cometido otro error –lo explico en el libro citando a Mark Lilla– que es el de obsesionarse por hablarle a las minorías. “Le hablo a una, a esta y a esta otra y así sumo”, creen. Pero algo que debería saber quien trabaje en política o en televisión es que todas las minorías juntas no suman una mayoría. No quiero decir que no haya que hablarle a las minorías –claro que sí– pero la mayoría se consigue dirigiéndose a todos. En esa obsesión de multiplicar minorías se les ha olvidado hablarle a la gente. Y, por norma general, la gente no es tan compleja: más allá de las excepciones, se siente española sin darle tantas vueltas, se siente orgullosa de ciertos valores, necesita ciertas respuestas a problemas del día a día… No al chico guay y cool de Malasaña; al español medio, ¿quién le habla?

“¿Cómo puedes apoyar la exhibición de una obra de arte que le molesta a otros mientras consideras bueno que se boicotee un monólogo que te molesta a ti? O la libertad de expresión es para todos o estamos jodidos”.

 

Parece, a veces, que a la izquierda no le gusta su votante. Y se producen fenómenos como que barrios obreros voten masivamente al PP, que no es su voto natural y quizá anteriormente sus vecinos votaban a la izquierda. En Francia, los lugares donde el Frente Nacional se ha hecho fuerte son –como calcadas en un mapa– las antiguas zonas de voto comunista. Han conseguido darles cierta tranquilidad, cierta confianza… Y si eso pasa, algo ha hecho mal la izquierda. Pero también hay quien no ha querido mirarse al espejo.

Lo hablaban en el Salvados de la semana pasada Eduardo Madina [PSOE] e Íñigo Errejón [Podemos] con vecinos de Villaverde, barrio obrero con mayoría absoluta del PP. Errejón también mencionaba la necesaria autocrítica de la izquierda y su exceso de superioridad moral…

Un político que se presenta a un cargo sin analizar los errores previos se está equivocando. Aunque hay cierto sector de la izquierda que ha empezado a sacar conclusiones de fallos anteriores, al igual que Ciudadanos ha aprendido de algunas equivocaciones cometidas a lo largo de sus diez años y está ofreciendo políticas más definidas en asuntos concretos que le están generando un beneficio. Podemos, en ciertos casos, no ha conseguido ofrecerlas. Y el Partido Socialista ha estado enfrascado en peleas internas por dar respuestas diferentes a problemas de hace ya varios años.

Nacen las redes y, en un primer momento, son vistas como el lugar idóneo para el debate, el conocimiento y el fin de las fronteras culturales. ¿Cómo y por qué se han convertido en terreno propicio para el sectarismo, las burbujas y la autocomplacencia?

Eso lo han explicado mejor otros como Eli Pariser en “El filtro burbuja” o Soto Ivars en “Arden las redes”. La cuestión es: ¿el mundo es más intolerante ahora que hace diez años? Mi respuesta es que no. Herramientas como Twitter o un bisturí no son buenas ni malas. Lo que las define es el uso que hagamos de ellas. No es que estemos más crispados; simplemente tenemos una herramienta en la que volcar esa crispación que se retroalimenta.

¿Hemos llevado a Twitter esa sustitución de los ideales por la autocomplacencia? Preferimos leer y compartir lo que nos autoafirma en unas posturas ya establecidas… Pura disonancia cognitiva…

Puede ser. Y también preferimos la comunicación rápida frente a la lenta y nos gusta contar lo que opinamos de cualquier cosa sin parar. Supongo que es la mezcla entre nuestras mezquindades y la herramienta que nos ofrece mostrarlas. Si no existiera Twitter creo que funcionaríamos de forma parecida; sólo que no podríamos volcar esa parte de nosotros en una app. La pena es que esa parte más oscura de nosotros a veces condiciona las políticas públicas y el debate. Mira lo que ha pasado con Lavapiés: las redes sociales generaron en una tarde unos disturbios en todo un barrio a causa de un pequeño incidente –con una trágica muerte en su desenlace, sí– que no debería haber llevado a los altercados que se produjeron. Es verdad que es necesario frenar eso aunque no he estudiado el fenómeno de las redes sociales como para ofrecer respuestas más sólidas.

En definitiva, creo que ciertos usos exacerban lo peor de nosotros. Y creo que hay que establecer mecanismos de autocontrol. En los que no creo es en los mecanismos de control en las redes. Me dan miedo.

La de la libertad de expresión es otra de las desilusiones del libro. En escasos cuatro meses: multa a Mongolia de 40.000 euros, multa a un joven por un fotomontaje con la cara de Cristo, cárcel para un tuitero por comentarios machistas, imputación del director de El Jueves, censura en ARCO, condena a un rapero por enaltecimiento del terrorismo e injurias a la Corona, el secuestro de Fariña…Hace dos días, The Washington Post veía similitudes entre España y Hungría o Polonia en lo relativo a la libertad de expresión. ¿Por qué este auge y por qué ahora?

Este tema me fascina; me parece una de las principales causas que hay que reivindicar en la actualidad. Al final, este fenómeno sigue una estructura de ciclos: cuando el sistema se siente fuerte, es capaz de deglutir todos esos movimientos antisistema que surgen en él. En una entrevista maravillosa a Father John Misty [cantautor y guitarrista de rock-folk] le llamaban “revolucionario”. Y él contestó que no hay nadie más egocéntrico que un revolucionario. Y, tras una larga disquisición, se preguntaba qué habría hecho el punk sin la Reina.

Cuando se siente poderoso, al sistema le da igual que los hijos malcriados de unas elites, con tiempo libre y obsesionados con la cultura, salgan a la calle desnudos, se meen en un cuadro o pinten lo que quieran. Esa es la fuerza del capitalismo: su maleabilidad, su elasticidad; es capaz de digerir todo lo que le eches. Por eso dura; es el sistema más afín a la condición humana. Pero cuando el sistema se siente débil, como ahora, es cuando censura porque las disidencias le ponen nervioso. Y es ahora cuando que cuelguen cuatro cuadros pixelados se convierte en una afrenta de la hostia. Si no se considerase así, nadie se hubiese enterado. Yo defiendo que la libertad de expresión tiene que ser sagrada para todos: para los raperos y para los del autobús de Hazte Oír –y, evidentemente, no estoy cercano a sus ideas–. O es para todos, o estamos jodidos.

También se ha producido otro proceso curioso. La derecha siempre ha sido moralista; más en España por su influencia católica. En otros países, como Reino Unido, su derecha es más liberal, aunque la moral puede venir encauzada por otras vías, como su pasado victoriano. Por tanto, y más en nuestro país, era frecuente que la derecha prohibiese. Pero lo que no habíamos vivido nunca es que la izquierda virase hacia el moralismo. Y esa es la mayor crítica que puedo hacerle ahora mismo. La izquierda cree que lucha por la libertad de expresión cuando se manifiesta en ARCO con una mordaza en la boca pero luego considera bueno que haya quien se manifieste en la puerta de un teatro porque va a actuar un monologuista que hace chistes que no le gustan. ¿Cómo puedes apoyar la exhibición de una obra de arte que le molesta a otros mientras consideras bueno que se boicotee un monólogo que te molesta a ti? Yo me sigo descojonando con el humor de Louis C.K. [cómico estadounidense acusado de acoso sexual] porque me río con sus chistes; no con su vida privada. No me río cuando acosa a mujeres. Estamos condenando las obras de ficción en base a las vidas personales de los creadores. ¿Qué hacemos con las películas de Woody Allen o los cuadros de Egon Schiele? ¿Quitamos a las ninfas del siglo XIX, como la galería de Manchester, porque cosifican a la mujer? ¿Qué estamos juzgando: moralidad o pintura? Yo juzgo un cuadro, no la vida de Schielle.

Y en ese ámbito, yo defiendo el planteamiento de la izquierda del 68, que luchaba contra las morales impuestas. Es un tema que a mí me tiene desubicado. Es como si los dos equipos se hubiesen puesto de acuerdo para hacer más pequeño el terreno de juego y si contabas con un estadio de 110×105, ahora resulta que los 22 estamos jugando en el círculo central. Y ahí ya no hay hueco para pensar, para crear… Es una batalla que hay que librar para que ni izquierda ni derecha nos reduzcan el tamaño del terreno de juego.

¿Separación total entre autor y obra?

Sí. ¿Podemos juzgar con las gafas del siglo XXI el comportamiento personal de Platón o Aristóteles en según qué cuestiones propias de la Grecia clásica? Habrá quien diga: “Ya hace mucho tiempo de eso”. Bueno, ¿y en qué siglo ponemos la línea de separación? ¿En el diecinueve? ¿Dos siglos atrás o cuándo?

Hablas de una Gran Desilusión general sustentada por siete desilusiones. ¿Serías capaz de cocinar una receta con siete ingredientes para combatirla?

(risas) Uf… Contra la desilusión política, proyecto colectivo. Para la económica, seguridad. Contra la desilusión tecnológica, más escala humana. Para recuperar la ilusión por el periodismo, contexto. Contra la desilusión con la libertad, libertad al cuadrado. Originalidad como antídoto contra la desilusión cultural –en el libro critico esa nostalgia de los remakes y las sagas– y el ingrediente para combatir la desilusión cotidiana sería la capacidad de asumir la infelicidad como parte indisociable de lo que somos.

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