SMART JOURNALISM (IV): Jenny Nordberg

En Afganistán, el nacimiento de un varón –un bacha– es considerado un motivo de orgullo y prestigio para su familia. En el caso contrario, si una mujer “encadena” varios partos de niñas, es considerada una dohtar zai, “la que no engendra hijos”. En una cultura regida casi por completo por roles patrilineales, la madre es considerada por su entorno –y a veces por sí misma– como incompleta e imperfecta ya que la descendencia femenina sólo acarrea cargas económicas a sus progenitores. La humillación también salpica al padre; empieza a ser denominado como mada posh, “aquel cuya mujer solo genera hijas” en lengua dari. Traer al menos a un hijo varón al mundo es una condición indispensable para la buena reputación del matrimonio.

A pesar de la tradicional segregación por sexo, en determinados casos, las familias afganas optan por criar a una de sus hijas como si fuera un niño durante la infancia y adolescencia de la menor. Esta se convierte así en una bacha posh, una joven presentada como varón al mundo exterior en un país en el que “es mejor un hijo ficticio que ninguno”. Cuando, llegada la madurez, la niña empieza a mostrar evidentes signos de su feminidad, recupera su anterior nombre y “se convierte” de nuevo en una mujer.

Durante su estancia en Afganistán entre 2010 y 2011, la periodista sueca Jenny Nordberg (Upsala, Suecia, 1972) –reportera, corresponsal, columnista y miembro del ICIJ– se acercó casi por casualidad a este desconocido fenómeno y su investigación llegó a ser publicada en las páginas de The New York Times o en las de The International Herald Tribune, convirtiéndose en la base de artículos de opinión, obras de ficción o documentales audiovisuales. Sus trabajos sobre las bacha posh toman ahora forma de libro; a finales del pasado año, la editorial Capitán Swing publicó “Las niñas clandestinas de Kabul” en el que Nordberg relata –en una mezcla entre diario, reportaje y crónica que roza lo etnológico– su exploración acerca de “las chicas afganas disfrazadas de muchacho”. Para garantizar “un recurso en línea para la investigación continua” sobre este fenómeno en todo el mundo, la periodista también fundó en 2014 la plataforma bachaposh.com, un “foro de encuentro” entendido como una continuación de las historias que muestra el libro. Estos curiosos patrones parecen no sólo ceñirse a la antigua tradición afgana; en su web, Nordberg recopila también artículos acerca de las burneshas –mujeres albanesas que, ante la ausencia de patriarca, lo “sustituyen” jurando castidad y adoptando roles y vestimentas masculinas– y permite a los lectores de todo el mundo compartir sus historias.

Elaboración y redacción: Javier Corbacho Galán

Fotografías: Imagen de cabecera: Javier Corbacho Galán | Resto de imágenes: Adam Ferguson (extraídas de bachaposh.com).


Según se indica en bachaposh.com, el fenómeno no era visible en Internet hasta que Jenny Nordberg llevara su historia a las páginas de “la dama gris” en 2010. “Las jóvenes son parte de una práctica clandestina por la que los padres visten a sus hijas como chicos. En vez de vestir faldas o vestidos, las bacha posh lucen pelo corto y pantalones, aprenden a comportarse como un chico y son tratadas por el mundo exterior como tal”, afirma la periodista.

Sin embargo, esta situación también acarrea ciertas ventajas sociales para las niñas disfrazadas de niño. Como explica Jenny Nordberg en su libro, “en Afganistán, la reputación no es sólo una cuestión simbólica: es un bien que es difícil de restablecer una vez dañado; lo que obliga tanto a hombres como a mujeres a ceñirse a un conjunto de rígidas normas sociales”. Esta férrea disciplina permite que los varones jóvenes puedan jugar con otros muchachos en el barrio; del mismo modo que les autoriza para trabajar en pequeños comercios familiares o “custodiar” a sus hermanas durante el paseo. “Si una familia puede mandar a sus hijos al colegio, el hermano tendrá prioridad; y lo mismo si la comida escasea”, escribe la reportera. “Les permite ver y experimentar cosas que la mayoría de las niñas y mujeres afganas nunca hacen y alcanzar libertades que su sexo de nacimiento no permite”. Por tanto, las jóvenes que aparentan ser niños podrán asumir estas tareas propiamente masculinas y disfrutar de estos privilegios, basados en tradiciones y leyes tribales que, según indica Nordberg, “han ofrecido históricamente un nivel de estabilidad más alto que la mayoría de los gobiernos”. Conviene recordar que en el último siglo, Afganistán ha pasado por una monarquía absolutista, una revolución, un régimen de corte soviético, una guerra civil o un gobierno talibán.

Los motivos para convertir a una menor en bacha son variados. Además del de suplir la falta de un hijo varón, algunas familias afganas recurren a esta práctica debido a la creencia de que el cuerpo de la madre “se acostumbra” a la presencia varonil de la bacha por lo que aumentan las posibilidades de que engendre un niño verdadero en el próximo embarazo. En ocasiones, cuando esto ocurre, la menor continúa “transformada” para ejercer de compañero de juegos del hermano más joven. Quizá se escoja esta tradición para evitar un matrimonio forzado o sustituir al cabeza de familia si este fallece. Otras veces, ante la ausencia de un hijo que colabore en el negocio familiar o la necesidad de otra fuente de ingresos, los padres pueden proponer a una de sus hijas la conversión. Shukria se conviertiría así en Shukur. O Manush en Mehran. O Nadia en Nader. Si una de las niñas acude a la escuela, no sería descabellado que, por seguridad, se optase por disfrazarla de chico durante el trayecto.

No obstante, las bachas no siempre retoman su género de nacimiento; en ocasiones, por conveniencia familiar o por decisión propia, mantienen –no sin complicaciones– su condición de hombre incluso hasta el fin de sus días.

A través de extensas entrevistas con familias afganas que recurren a esta práctica, antiguas bacha posh e investigaciones antropológicas anteriores, Nordberg trata de comprender –o al menos exponer– un fenómeno tan difuso, enigmático y alejado de la cosmovisión occidental sobre el género como es el de “las chicas afganas disfrazadas de muchacho”. Todo ello en un contexto que dificulta aún más aproximarse a esta práctica. Según afirma, “la historia del país la escriben los extranjeros” y no existe “una oficina que proporcione datos demográficos fiables”. Además, según la ONU, Afganistán es “el peor país para nacer mujer” y su tejido demográfico, compuesto por las etnias de los pastunes, los tayikos, los hazaras o los uzbekos –cada grupo con tradiciones propias–, así como sus acusadas diferencias entre las zonas urbanas y las rurales, hace que escudriñar el fenómeno sea aún más complicado. No obstante, su investigación ha recibido numerosos halagos. Según Publisher’s Weekly, “Las niñas clandestinas de Kabul” es “uno de los retratos más convincentes de la cultura afgana que se conocen”, del mismo modo que la escritora española Almudena Grandes calificaba el libro como “admirable, rebosante de honestidad y coraje intelectual, certero y muy emocionante (…); un relato fascinante que indaga en la identidad de género y el modelo de patriarcado más injusto y radical”. Las universidades de Columbia y Harvard se pronunciaban en los mismos términos; destacando el trabajo de la sueca por sus “potentes escenas” y cuya lectura supone un “desafío” para sus lectores.

“En una especie de engaño colectivo –como una versión similar al don’t ask, don’t tell– cada familia afgana guardará su secreto, por lo que no hay cifras exactas sobre la cantidad de bacha posh en el país”, cuenta Nordberg en un artículo en The Guardian. “Disfrazarse con las ropas de un grupo más reconocido y aceptado –afirma– es un acto subversivo de infiltración y una concesión a intolerables sistemas racistas, sexistas o que segregan por algún otro motivo” y califica a la práctica de las bacha posh como “un acto de resistencia practicado discretamente por mujeres jóvenes”.

“El fenómeno ha existido bajo la superficie como una forma de atacar creativamente a unas estructuras de discriminación por género que debería llevar a preguntarnos qué más falta en nuestro esfuerzo de una década para cambiar la situación de uno de los países más pobres del mundo, donde nacer niña siempre requirió un esfuerzo y una resistencia que nunca hubiéramos podido imaginar”, sentencia.

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