EL COLECCIONISTA DE PALABRAS: Entrevista a Juan Cruz

Tras casi 70 años de vida –y 57 de periodismo–, Juan Cruz (Puerto de la Cruz, Tenerife, 1948) se ha convertido en un “coleccionista de palabras”, como reza un capítulo de uno de sus últimos libros. Y este repertorio de vocablos, tanto propios como ajenos, se disgrega para dar forma a decenas de ensayos, cientos de entrevistas y miles de artículos. El enfermizo chico canario que aprendió a leer ojeando las páginas de un periódico devolvía así el favor a los diarios; desde 1976, las palabras que Cruz escribe –y las que solicita que otros pronuncien– pueblan las páginas de El País.

“Como los periodistas no sabemos casi de nada a fondo –afirma en otro de sus libros–, debemos preguntar. Para saber y para contarlo”. Y a la ardua tarea de interrogar ha dedicado Cruz muchos minutos de su vida; los suficientes como para haber formulado a su colega Mario Vargas Llosa “más o menos, un millón de preguntas”.

Este sinfín de interrogantes –ordenados cronológicamente y respondidos todos, excepto uno– conforman el último de sus proyectos, “Encuentros con Vargas Llosa” (Ediciones Deliberar), libro que trata de convertirse en un recorrido por el devenir intelectual, personal y político del escritor peruano. Y como no podía ser de otra forma, es también un repaso por las pasiones y preocupaciones de los dos interlocutores que lo han moldeado. Para analizar las “relaciones promiscuas”–en palabras de Albert Chillón– entre literatura y periodismo y “los extraordinarios y terribles privilegios” –a los que se refirió Oriana Fallaci– del afán por hacer preguntas, UND_R CONSTRUCTION dialoga con Juan Cruz sobre los encuentros –y los desencuentros– de este oficio para el que merece la pena vivir.

Elaboración y redacción: Javier Corbacho Galán

Fotografía: Álvaro Rincón Sanz


UND_R CONSTRUCTION: Uno de los más célebres entrevistadores –ha realizado más de cuatrocientas entrevistas– es hoy el entrevistado. ¿Se siente más cómodo realizando preguntas o respondiéndolas?

Juan Cruz: Depende de las preguntas. Creo que la pregunta es decisiva en una entrevista; sobre todo su tono. Desde mi punto de vista, las preguntas que te quieren coger en un renuncio o las que se hacen para demostrar que quien las formula es extremadamente listo no son un buen modo de encauzar una entrevista.

Yo doy clases en la Escuela de Periodismo de El País y reflexiono mucho sobre el tono de las preguntas; creo que es algo fundamental. Si no hay un buen tono, es muy probable que las entrevistas se conviertan en interrogatorios; algo muy común en la televisión o la radio, y me parece que no es el método más hábil para conseguir respuestas interesantes.

Miguel Ángel Bastenier decía sobre la entrevista: “No es una conversación ni un diálogo; es un interrogatorio”. Jorge Halperín la definía como “la más pública de las conversaciones privadas”. ¿Qué es la entrevista, según Juan Cruz?

Juan: Es un acuerdo entre dos personas para contar cosas al público. Eso implica algunas condicionantes: que la persona entrevistada quiera contarlas –por eso es un acuerdo– y que se sienta cómodo para hablar –por eso una conversación no se puede hacer ni corriendo ni de pie; o al menos, no incómodamente de pie–. Además, se debe hacer en un lugar adecuado para hablar; no en un lugar para gritar.

En una ocasión declaró que “odia las entrevistas de compadreo”. En los “encuentros” que recopila en su última obra, ¿le costó dejar de lado el compadreo al entrevistar a su amigo, habitual prologuista y colega Mario Vargas Llosa?

Yo me lo planteo como una obligación; procuro no hablar nunca de manera casual. Todas las entrevistas que aparecen en el libro han sido publicadas íntegramente y no hay ninguna pregunta de las que yo le hago que verse sobre curiosidades personales. Si hay alguna, es porque es una curiosidad personal publicable, relevante. Yo aprendí eso muy pronto en mi vida –hago entrevistas desde adolescente–; siempre lo he hecho así y pienso seguir haciéndolo de este modo.

¿Qué caracteriza a Vargas Llosa como entrevistado?

Es una persona que siempre tiene respuestas nutritivas. Nunca responde casualmente ni se muestra nunca cansado.

Sobre la unión entre periodismo y literatura, el filólogo Gilberto Padilla afirmó: “La literatura y el periodismo son como un marido y una esposa que después quinientos años de asesoramiento matrimonial siguen sin conocerse. Él todavía sueña con Abella Anderson [actriz porno] y ella sigue esperando a Rocco Siffredi [actor porno] al tiempo que discuten sobre a quién le toca sacar la basura”. ¿Cómo combina Juan Cruz el oficio de periodista con la faceta de novelista? En su caso, parecen un matrimonio bien avenido…

Yo no soy otra cosa que un periodista. Cuando escribo periodismo, lo hago “hacia fuera”. Cuando escribo libros autobiográficos o historias de ficción, escribo “hacia dentro”. Creo que hay un estado de ánimo que debe adaptarse en función de este planteamiento. Ayer, por ejemplo, hice una crónica aquí [señala las páginas de El País, 15/12/2017] sobre una entrega de premios organizada por el Ayuntamiento y solo me permití dos detallitos informales –digo “Amanece en Madrid y agradece. La gala (…) duró de 14:49 a 20:45, como estaba pautado. Y esa puntualidad también se agradece”–; el resto es pura información. La metáfora es un ego que el periodista se tiene que guardar muy adentro.

Me recuerda a una frase de Juan Luis Cebrián en la que dice que el buen periodismo tiene que ser honesto mientras que la buena literatura puede permitirse esa licencia…

Piensa por ejemplo en García Márquez, que inventaba detalles en sus libros periodísticos. Si en una matanza mueren 33 personas, él era capaz de poner 333 si le sonaba mejor. Kapuściński se burló de sí mismo y se hizo cínico habiendo pregonado que los cínicos no valían para este oficio. Yo creo que, en periodismo, hay un código de imprescindible cumplimiento: nada que no se pueda corroborar se puede publicar. Hoy existe el peligro, magnificado por las redes, de hacer que la opinión pondere más que la información y que los artículos de opinión incluyan informaciones no contrastadas. Eso es lo que ocurre ahora. En los nueve puntos que establecen Bill Kovach y Tom Rosentiel en “Los Elementos del Periodismo” se establece que el periodismo debe ofrecerle sitio a la opinión; no son lo mismo ni deben serlo. Hoy –y en nuestro periódico también– hay una abundancia de opinión que, según creo, se tiene que atenuar cuando las cosas estén más tranquilas en España.

“La metáfora es un ego que el periodista se debe guardar muy adentro”.

 

Precisamente ahora que los menciona, en un encuentro organizado por la FNPI, Gabo le preguntó a Kapuściński: Tú también mientes a veces ¿verdad, Ryszard? El polaco sonrió y no dijo una sola palabra, en un gesto que se interpretó como un “quien calla otorga”…

No siempre quien calla otorga. Un periodista no debe nunca usar un refrán.

Es cierto que el gran peligro de los refranes es que existe tanto uno como su contrario; siempre hay uno válido para cualquier situación y otro que establece justo lo opuesto…

Exactamente.

En “Encuentros…”, Vargas Llosa afirma que la literatura muestra una vida idílica y mítica, en la que hasta lo dramático rezuma elegancia. De este modo, cuando el lector finaliza la lectura ansía que su vida se parezca al escenario de la ficción, por lo que se vuelve rebelde e inconformista. El periodismo, en cambio, parte de denunciar lo imperfecto de la vida real para suscitar transformaciones. ¿Buscan ambos la mejora de la vida pero con procedimientos inversos?

No siempre es un mundo ideal el que se refleja en la literatura. No podemos pensar que, por ejemplo, “El sueño del celta” transmita un mundo ideal. Creo que los mundos ideales existirían en la literatura si existieran en la realidad. La literatura es una transposición de la realidad; a veces, imaginativa y a veces más realista. Yo creo que lo que Vargas Llosa hace en “La fiesta del Chivo” o en “La ciudad y los perros” es narrar el infierno. En “El paraíso en la otra esquina” tampoco narra el paraíso. Yo creo que Vargas Llosa se refiere, más bien, al poder y al triunfo de la imaginación; la imaginación sí que es un paraíso, lo que pasa es que está habitado por monstruos.

¿Y cree que tanto la literatura como el periodismo mantienen hoy la capacidad generadora de progreso o es una idea demasiado romántica?

Sí, creo que lo que hace la literatura es mejorar tu manera de ver la vida, de compararla con lo que viven otros. Te ayuda también a convivir con tu drama, a compartirlo con otros. Cuando estás leyendo y dices: “Esto va por mí”, entonces, es cuando has entrado en el libro y el libro ha entrado en tu manera de pensar, de ver, de sentir.

Está convencido de que merece la pena vivir para el oficio del periodismo, como titula a uno de sus libros. Pero, con uno de los IVA más altos de Europa para la cultura y las dificultades para vivir profesionalmente como escritor, ¿merece la pena vivir para la literatura?

Claro. Imagínate a un panadero que tiene problemas con el precio del pan. ¿Tú crees que, a pesar de eso, va a dejar de ejercer un oficio que ama?

Quizá se lo replantearía…

Creo que buscaría otras salidas, como poner su panadería cerca de un colegio mayor o tener mortadela buenísima.

Pero, ¿hay mercado para que merezca la pena a los escritores vivir por y para su oficio?

Yo recomendaría a los escritores que tuvieran también otro oficio. Los escritores que llegan a vivir de la literatura son muy pocos. Hay quien lo compatibiliza con ser funcionario, periodista…

En su libro “Una memoria de El País. La vida en una redacción”, afirma: “Nunca se sabe demasiado de la ciencia que estudia los comportamientos humanos”, refiriéndose tanto a la literatura como al periodismo. Tras varias décadas dedicado a estos dos oficios, ¿qué certezas ha adquirido Juan Cruz de ambas labores?

Yo no tengo certezas de nada. Creo que el periodismo es una cosa que se hace cada día, igual que la literatura. Se parecen mucho a caminar; cuando te despiertas por la mañana no te planteas si sabes o no caminar.

Pero sabes que un pie va detrás del otro sucesivamente. ¿Tiene la certeza de saber la técnica de ambos oficios?

Yo creo que la técnica no importa tanto como el entusiasmo. Zenón de Elea decía que cada filósofo debe tener al lado de su estudio un taller –de zapatería, de carpintería; de lo que fuera– y yo lo recomiendo mucho para los periodistas y para los escritores. Muchas veces, los escritores son demasiado ambiciosos del tiempo libre; que no es mejor que el tiempo ocupado. Si te pasas el día sentado esperando a que venga una historia, es probable que la historia no solo no aparezca sino que esté esperándote de manera imprevista en la calle.

“Los escritores que llegan a vivir de la literatura son pocos”.

 

¿Y qué sabe que le queda por aprender, por descubrir en una y en otra?

Yo estudié mal; tenía que haber estudiado mejor. Pero todos los días aprendo algo. De ustedes, por ejemplo: el modo del que me estás haciendo esta entrevista, la minuciosidad con la que trabaja él [señala a Álvaro Rincón] como fotógrafo… Uno no llega a ningún sitio; uno está constantemente viajando. Acuérdate de Kaváfis y su poema “Ítaca”, en el que habla de esa ambición que no debe calmarse…

En “Encuentros con Vargas Llosa”, usted pregunta al peruano por los motivos de su enemistad con García Márquez; y el peruano se niega a responder. ¿Un periodista debe siempre preguntar aun cuando sabe que la cuestión es incómoda?

Claro. En este caso se la hice en el momento en el que parecía corresponder, cuando una pregunta así no disuena. Si hubiese comenzado por esa pregunta, es muy probable que nunca hubiera tenido buenas respuestas en las siguientes cuestiones. Creo que los periodistas que hacemos entrevistas debemos tener cuidado con el modo de hacerlas. De todas las preguntas que he hecho a lo largo de mi vida, estoy orgulloso de dos: haber hallado unos versos del poeta alemán Michael Krüger (“A veces la infancia / me envía una tarjeta postal”) y preguntar a mis entrevistados qué postal les envía la infancia –siempre contestan cosas sustanciosas– y, por el momento en que la formulé, la que comentas a Vargas Llosa. Lo único bueno que he hecho yo como entrevistador: saber preguntar eso tan concreto y tan delicado, cuya respuesta yo conocía y para que la gente no diga que no se la hice; porque un periodista representa al lector.

“Encuentros” es también un libro acerca de la transformación del periodismo, de la evolución del entrevistado y también –me atrevería a decir– de la evolución del entrevistador. ¿Está orgulloso de la evolución de El País desde que usted lo fundó?

Sí, yo creo que es un periódico que ha sido y es esencial para la construcción de la democracia española. Una democracia no se construye sin buenos periódicos y que, en los últimos tiempos, por mantener fidelidad al modelo periodístico con el que nació, está siendo atacado en redes sociales y por medios digitales que quisieran ocupar el lugar que ocupa este periódico. Con respecto a la polémica más actual, Cataluña, el periódico ha tenido una hoja de ruta clara y evidente que ha sido la de la defensa de la ley y de la Constitución y así se ha movido.

“Vivir para conseguir el aplauso no es periodismo; es un contagio de Twitter”.

 

A eso vamos; usted se muestra tajante contra quienes tienen por rutina atacar a El País. Entre sus críticos, hay quien se pregunta si es posible deberse al lector, como comentábamos antes, y hacer un periodismo riguroso e independiente estando financiado por bancos como el Santander, el HSBC, por fondos buitres o por multimillonarios.

No, El País no está financiado por fondos buitres o por multimillonarios.

Matizo: el grupo Prisa, según unas informaciones publicadas a finales de 2015 por infoLibre.

El grupo Prisa está en bolsa, donde su accionariado es transparente. Lo que habría que demostrar por parte de quien fuera es si ese accionariado influye en la línea editorial del periódico; si se lograra demostrar que el HSBC o el Santander dictan la política editorial sería distinto. Pero hasta ahora, nadie me lo ha demostrado.

¿Entonces cree que es posible un periodismo riguroso financiado por HSBC o el Santander?

Sí, bueno; depende de lo que hagan el Santander o el HSBC con sus acciones. El HSBC no nombra al director de El País ni me dice a mí cómo tengo que responderte a tus preguntas.

Pero ciertos accionistas tienen derecho de voto para nombrar a uno o a otro como presidente del grupo…

Evidentemente; este es un problema que tiene todo el mundo. A un presidente le pueden quitar sus accionistas. Todo puede pasar en periodismo; si pasa, pues ya lo veremos

Otra de las críticas a El País refiere a sus editoriales. El pasado junio, el exministro Jordi Sevilla anunciaba que dejaba de ser “comprador y lector de El País” por su “sectarismo contra Pedro Sánchez” y por su línea editorial “antisocialista”.

¿Y por qué no dices qué opina ahora Jordi Sevilla, qué escribe en Twitter y con qué periódico se relaciona? Eso también hay que decirlo; un buen periodista debe ser diacrónico y nunca ucrónico.

¿Y qué ha podido motivar el cambio del señor Sevilla partiendo de esta postura?

Eso habrá que preguntárselo a él. Supongo que habrá advertido cosas en el periódico. Por otra parte, un periódico es una discusión con la sociedad. Un problema que yo veo –también en los jóvenes periodistas– es que hay quien cree que los periódicos se hicieron para repetir lo que uno piensa. Y para eso no se hicieron los periódicos.

Un buen periódico es una nación hablándose a sí misma…

Exactamente, como decía… ¿sabes quién?

Mmm… Miller

Exactamente, Arthur Miller. De esa frase estuve hablando ayer con algunos editores de prensa.

Muchos periódicos que se llaman a sí mismo libres toman unas determinadas posiciones con el objetivo de estar de acuerdo con la parte de la sociedad que quieren encantar. Y eso no es periodismo.

Supongo que esta situación se deriva de que, en un contexto empresarial, se opta por fijar un nicho de mercado al que se intenta “captar” de este modo…

Sí, pero vivir para conseguir el aplauso no es periodismo; es más un contagio de Twitter.

Sobre una de sus portadas [“El Gobierno restaura el orden constitucional en Cataluña, 22/10/2017], el periodista Íñigo Sáenz de Ugarte, subdirector de eldiario.es, consideraba que “el titular podría ser perfectamente un comunicado del PP” y afirmaba que “la posición editorial había contaminado la información de la portada”.

Bueno, pues una opinión de Ugarte, como puede haber muchas otras. Porque Ugarte hace opinión. Me gustaría que Ugarte, que tiene tan buena pluma, también hiciera periodismo. Él podía llamar al periódico y decir: “Esto, que es una deducción, ¿me la puede usted explicar?”. Pero los opinadores de los medios, hoy, prefieren quedarse con su convicción.

Entonces, descarta esa “contaminación” que cita Ugarte…

Sí, pero a Ugarte no lo voy a convencer porque ya viene convencido de casa.

En la entrevista que inauguró esta web, charlamos con Ignacio Sánchez-Cuenca sobre las reacciones generadas por su obra “La Desfachatez Intelectual”. En ella, arremete contra figuras de la intelectualidad, Vargas Llosa incluido, debido a la “baja calidad de sus intervenciones en el debate público”.  Les acusa de “superficialidad en las opiniones” y de “falta de valor añadido” en las mismas. ¿Considera usted que El País ampara este tipo de contenido?

Yo no sé si son de mayor calidad las opiniones que emitía Ignacio Sánchez-Cuenca en El País cuando escribía aquí. No sé si son o no de mayor calidad que las de Vargas Llosa. Me parece que a veces la gente utiliza sus autobiografías para explicar heridas que no son comprobables pero, si esto tiene una clientela, ayuda a creer que, con respecto a lo que uno opina, hay una unanimidad de criterio. Él ha decidido hacer ese libro y yo creo que merece cierta discusión.

“Por mantener fidelidad al modelo periodístico con el que nació, El País está siendo atacado en redes sociales y por medios digitales que quisieran ocupar su lugar”.

 

Tras haber recorrido en “Encuentros…”, el periodismo y El País del pasado, toca hablar del periodismo y El País del futuro. En su libro, Vargas Llosa se muestra preocupado por el futuro de la prensa. “El periodismo de papel y el periodismo de pantalla no son la misma cosa. El periodismo de pantalla es más superficial y ligero que lo que representó la prensa en papel en sus mejores épocas”, afirma. ¿Comparte Juan Cruz ese análisis y esa preocupación?

Yo estoy preocupado por el futuro del periodismo. Si el periodismo sigue aceptando el embate de las redes sociales y termina acogiendo lo que está permitido en ellas, ya no será periodismo. En su libro “Sobre la tiranía”, Timothy Snyder alerta sobre el daño que le está haciendo al periodismo la presencia de las técnicas de, por ejemplo, Twitter para influir en la opinión pública.

¿Y es ese el mayor daño? Hay quien considera que ofrecer el contenido periodístico gratuito fue también sustancial…

Yo creo que lo gratuito ha sido un error enorme de la empresa periodística. Ha causado estragos económicos en las empresas y las personas que las forman; los ERE vienen de ahí, de no cobrar el trabajo que uno hace.

¿Se plantea algún tipo de solución?

Ayer estuve en un coloquio con editores de medios en el que debatimos muchos temas. Cité mucho el libro de Snyder.

En “Encuentros”, usted pide a Vargas Llosa, que entonces acababa de cumplir 70 años, un titular del momento en el que se encuentra. A punto de igualar las siete décadas, ¿el titular de Juan Cruz sobre su propia situación?

Bueno, a veces me siento como tú y a veces me siento como yo.

¿Qué quiere decir “como tú”?

Joven, con ganas… Y también con la tentación de creer todo aquello que me viene bien.

¿Usted lo sufre?

Yo ya lo he sufrido.

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