WE THE PEOPLE: Entrevista a Fernando Peinado

El 8 de noviembre de 2016, las urnas convertían al multimillonario magnate Donald Trump en el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos. Para muchos, la victoria del empresario no fue sino la derrota de la candidata demócrata Hillary Clinton; inesperada perdedora de unas elecciones que, según el augurio de la mayor parte de los medios estadounidenses, iban a consagrarla como la primera mujer en ocupar el Despacho Oval.

“El hombre que pronunció más de mil mentiras” –así calificaba The Washington Post a Trump– juraba su cargo el 20 de enero,  tras una campaña no exenta de escándalos en ambos frentes, en la que el republicano enarboló –y tuiteó– un peculiar programa con el que pretendía desafiar el establishment de Washington que encarnaba su rival.

El periodista de Univisión Fernando Peinado (Sevilla, 1981) siguió al candidato desde los meses previos a los comicios. Este “viaje por los EEUU que sorprendió al mundo eligiendo como presidente al inefable Trump” se resume en las páginas de “Trumpistas. ¿Quién llevó a Trump al poder?” (Fuera de Ruta), en las que Peinado recapitula sus encuentros con algunos votantes del magnate. Entre ellos, Gene Huber –un exvendedor de coches usados que abandona su trabajo para vender merchandising “trumpista”– o Heather Limdsey, una joven de 31 años que considera que “una mujer no debe tener el poder”.

Para conocer quiénes son “los olvidados”, “los fanáticos”, “los intolerantes” y “los resignados” –así aparecen clasificados los “trumpistas”–, UND_R CONSTRUCTION entrevista a Fernando Peinado, cuyo retrato del “país más poderoso del globo” parece confirmar las palabras que vierte María Ramírez en el prólogo del libro: “No se puede entender la verdad de los Estados Unidos sin haberlo vivido”.

Elaboración y redacción: Javier Corbacho Galán

Fotografía: Álvaro Rincón Sanz


UND_R CONSTRUCTION: En el prólogo de “Trumpistas”, María Ramírez califica a la política estadounidense como “probablemente, la  más fascinante del mundo”. ¿Qué tiene la política en Norteamérica que la hace tan atractiva? ¿Qué factores la han convertido en espectáculo?

Fernando Peinado: En cierto modo, es un gran circo. Al final, en parte, es casi un problema porque se convierte en puro espectáculo con unos intereses mediáticos detrás. Estos intereses se retroalimentan: en un escenario muy personalista, el político se comporta como un showman y al medio esto le conviene. El peligro que esta situación acarrea es que los asuntos importantes pierdan su espacio y no se traten con la atención que requieren. Para un periodista y para un votante puede resultar atractivo pero quizá no sea lo ideal para la democracia. Después de haber cubierto una campaña allí y a pesar de que muchas personas pongan a Estados Unidos como modelo, los temas serios, que afectan a mucha gente, no siempre se abordan tan a fondo como se debería.

También hay que decir que hay medios que sí lo hacen –y Estados Unidos es una sociedad que tiene un sistema mediático muy potente– pero, en ocasiones, el ciclo informativo se impone y arrolla a esos asuntos “con más sustancia”.

Como afirma en su libro, el trumpismo no es un bloque electoral homogéneo. En él se integran multitud de perfiles, identidades e inquietudes distintas y, a veces, contradictorias entre sí. ¿Cómo se ha convertido Trump en el “pegamento” de esta diversidad ideológica?

Fernando: Cada candidato –y eso les pasa a todos– tiene una coalición de votantes propia. La de Obama la componían los hispanos, los millenials, los profesionales cualificados urbanos, los negros… Lo que puede suceder es que, dentro de la misma coalición, cada grupo tenga unos intereses propios; como sucede con la de Trumpcuya columna vertebral –en vez de ser el centro– fueron los votantes blancos poco educados que le han votado por diversos motivos. A lo que hay que añadirle los otros grupos que optaron por él; por eso yo clasifico a los trumpistas de esta forma.  Lo que sí es cierto es que su coalición ha dejado fuera a mucha gente: le votaron un 8% de los negros y en torno a un cuarto de los hispanos.

En Europa, en ocasiones, se ha percibido a los votantes de Trump como un grupúsculo de supremacistas, fanáticos conservadores y red necks; con el riesgo que siempre supone el cliché. ¿Pretende que “Trumpistas” contribuya a “descaricaturizar” a los que le votaron, entre los que se encuentran un 43% de los universitarios o un cuarto de los latinos? 

Sí, en parte es lo que quiero; entrar un poco más en detalle, que la gente no tenga en sus mentes esa caricatura porque en el electorado de Trump hay gente con quejas legítimas y que le han votado porque ven que no pueden progresar económicamente. También hay votantes de Trump que no son racistas; le han elegido porque le consideran afín en otros aspectos –el aborto, por ejemplo– y ven a los demócratas como poco partidarios de esos intereses. Trump les dijo que iba a intentar dar más margen a los Estados sobre estos aspectos, que para muchos americanos eran prioritarios a la hora de votar…

Hay que recordar que hasta la propia Hillary calificó a la mitad de los “trumpistas” de deplorables y de racistas…

Ella consideró que la mitad del electorado de Trump “llenaba la cesta de los deplorables” y que la otra mitad tenía agravios legítimos. Eso fue un error porque en una campaña no debes criticar a los votantes. Algo parecido le pasó a Romney cuando afirmó en 2012 que el 47% de los votantes no iban a votarle a él porque vivían de las ayudas del Estado a las que se oponía.

“A lo mejor si Trump se hubiera lanzado en 2004, los medios lo hubieran tumbado desde el primer momento con sólo repetir en bucle sus declaraciones explosivas”.

 

Tras las polémicas declaraciones, mucha gente señaló que Hillary no debía haber hecho ese comentario pero también afirmaban que no se pueden permitir ciertas actitudes intolerantes entre los que votan a Trump. No obstante, se han hecho encuestas para analizar cuánta gente es verdaderamente racista en EEUU; las últimas muestran que un 20% considera que los inmigrantes son un lastre, frente al 60% que lo pensaba en los 90. Incluso dentro de los votantes republicanos, la situación ha mejorado. El grupo contra el que hay más adversidad son los musulmanes –a pesar de que haya un menor proporción que en Europa– por las heridas que dejó el 11S y los atentados. Y a Trump le ayudó usar una retórica islamófoba –potenciada tras los atentados de Orlando, de París y San Bernardino y materializada en su veto migratorio– para conseguir votos.

Tras la victoria de Trump, algunos han visto como una “incoherencia” que cierto sector del colectivo LGTB votara a favor de un vicepresidente, Mike Pence, partidario de las “terapias de conversión sexual”, que casi la mitad de las mujeres blancas eligiera como presidente a quien se jactaba de poder “agarrarlas por el coño” o que le votasen algunos latinos a pesar de que Trump calificara a los mexicanos de “violadores” y “criminales”. ¿Cómo se explican estos hechos? ¿Le parecen una incoherencia?

Sí, lo son. Cuando hablé con mujeres votantes me decían cosas del tipo: “Yo no busco un pastor”, “Yo no le quiero como marido; busco un líder, por lo que me da igual la opinión que tenga sobre las mujeres”. Una chica de 30 años de Pensilvania votaba a Trump porque no quería a una mujer en la presidencia… Obviamente, este último es un caso minoritario pero lo que sí es cierto es que, a muchas de las que le votaron, no le importaba la opinión de Trump sobre las mujeres.

“Los demócratas deben decidir si quieren conseguir el voto de los desesperanzados que se llevó Trump o seguir confiando en el voto urbano que aupó a Obama y en el que confió Clinton”.

 

Hay mucha gente que le votó por ser el candidato republicano. Otros le eligieron por votar en contra de Clinton, que también tenía una imagen negativa en ciertos sectores. La peculiaridad de estas elecciones es que ambos eran dos candidatos muy impopulares.

Hablando de popularidad: ¿Qué relevancia tuvieron los votantes demócratas afines a Bernie Sanders que, tras la victoria de Hillary en las primarias, se desapegaron del Partido Demócrata? A lo que hay que añadir las dificultades de Sanders para encarrilar a sus partidarios hacia la candidata y el desinterés por ésta aun dentro de su propio partido.

Hay demócratas que mantienen que perdieron las elecciones por culpa de Sanders. Cuando Hillary es elegida, Bernie trata de reconducir a sus afines para que voten por ella. Incluso hacen campaña juntos y él alerta del riesgo que suponía Trump. Lo que algunos intentan hacer es desviar culpas sin darse cuenta de que Hillary también fue la causante. Ha sido, en cierto modo, una mala perdedora. Ha reconocido que ella misma es responsable de la derrota pero también ha echado las culpas a los medios, al machismo o al director del FBI, James Comey, quien desveló poco antes de las elecciones el escándalo de los mails que salpicaba a Clinton. Lo que no hace es reconocer que ella es la culpable número uno, lo que según las últimas encuestas, la ha hecho aún más impopular; hasta el punto de que, pasado un año de la elección, Trump ganaría a Clinton de nuevo.

Uno de los lastres que Clinton acarrea, tanto dentro de su propio partido y que explicaría el apego de los jóvenes por Sanders, como fuera del mismo, es el de ser considerada parte del establishment de Washington. Incluso Trump cuando toma posesión ataca a los “poderes” de la capital a los que acusa de perjudicar al pueblo…

Claro. La campaña al final se decidió en tres estados: Pensilvania, Wisconsin y Michigan; en los que Trump ganó por la mínima. Todos ellos son áreas obreras, en las que Sanders era más popular que Clinton [Bernie venció en dos de esos tres en las primarias demócratas]. En esas zonas –en las que la economía no estaba funcionando bien y los trabajos de toda la vida ya no permiten mantener una familia–, la imagen que se tenía de ella era la de alguien vinculada a Wall Street, que daba discursos muy bien pagados en bancos de Nueva York y que no era cercana a sus preocupaciones. El Partido Demócrata y la propia Hillary deberían haberse dado cuenta de que Sanders ganó ahí por un motivo.

Resultado de las primarias demócratas. Sanders (en color verde) vence en Michigan y Wisconsin. (Fuente: Wikipedia)

¿Ha provocado esta campaña una división irrevocable, quizá de cara a 2020, entre los demócratas?

Sí, sí, ahora mismo el partido demócrata tiene una brecha interna grande, a pesar de la reciente victoria de Doug Jones [Jones arrebató a los republicanos el escaño de Alabama en el Senado, tradicional bastión conservador]. Ahora mismo, los demócratas están eufóricos y creen que pinta muy bien para las elecciones legislativas de 2018 pero lo cierto es que aún no tienen un rumbo claro: apostar por ganar a los votantes desesperanzados que se llevó Trump o seguir confiando en el voto urbano que aupó a Obama y en el que confió Clinton.

A Clinton le fallaron los millenials, sobre todo las mujeres. El 8 de noviembre fueron las elecciones a gobernador en Virginia y el candidato ganador –el demócrata Ralph Northam– sacó mejores resultados entre las mujeres jóvenes que la propia Clinton a nivel nacional.

“Es posible que lo que Trump buscara cuando se lanza a las primarias republicanas fuese promover su nombre y aprovechar la publicidad gratuita que supone la campaña para impulsar sus negocios”.

 

Es lo que comenta en el libro: el dilema de los demócratas; elegir entre enfocarse en el “cinturón del óxido” [zona del Medio Este vinculada a las industrias pesadas y las manufacturas] o reforzar su habitual electorado urbano…

Sí, exacto. En los años 70, el Partido Demócrata empieza a acercarse a los grandes poderes económicos; deja de ser un “partido de clase” para ser una coalición de profesionales urbanos. Y regresar a esa situación anterior no va a ser fácil porque hay unos intereses económicos que se van a oponer. Figuras más a la izquierda como Sanders o Elizabeth Warren son muy mal vistos en ciertos sectores de su propio partido.

Considerando la victoria de Trump como un hecho multicausal, ¿cuánto de estrategia, cuánto de olfato político y cuánto de suerte hay en su victoria?

Supongo que él te diría que tiene mucho olfato y que lo veía venir. Pero analizando de nuevo su campaña –llena de momentos muy chapuceros– y su manera de gobernar, lo más probable, es que tuviera también mucha suerte.

Trump no se había lanzado nunca como candidato pero sí había usado como plataforma el periodismo político para venderse. En 1987, Trump publica “The Art Of The Deal” –escrito en realidad por un ghostwriter– y ya en 1988 usa los rumores que apuntaban a que iba a iniciar su carrera política para promocionar su libro. En los 2000, coquetea con la idea de lanzarse como candidato por el Partido de la Reforma al tiempo que hace una gira por el país en la que había que pagar por entrar a sus eventos. Incluso ha bromeado diciendo que es el único candidato al que la campaña en las primarias le salió rentable.

Hay incluso quien mantiene que su candidatura, en sus inicios, se nutre más de intenciones promocionales que de voluntad política…

Es posible que lo que Trump estuviera buscando cuando se lanza a las primarias republicanas fuese promover su nombre y aprovechar la publicidad gratuita que supone la campaña para impulsar sus negocios. Mucha gente no se ha dado cuenta de que actualmente Trump ya no construye edificios, a pesar de que amasase su fortuna en el sector inmobiliario. Lo que hace ahora es usar los derechos de su propio nombre para que otros constructores erijan en otros países del mundo las famosas “torres Trump”, porque su apellido se asocia al lujo y a la élite. En estos acuerdos, Trump nunca pierde: si el negocio quiebra, él recibe dinero y si va bien, él sigue ganando. Desde las bancarrotas de los años 90, la segunda etapa como empresario de Trump se basa en su propio nombre, asociado también a su reality show, su línea de “chuletones Trump”… Entonces, la campaña ha sido un potente impulso para su apellido; sobre todo, tras la expansión internacional de su firma en los últimos años en países como Uruguay o Panamá. De este modo, la teoría de que Trump se lance como candidato a las primarias con el objetivo de promocionar su nombre no es tan descabellada…

Precisamente sobre las primarias republicanas, en “Trumpistas” afirma que “lo que hubiera tumbado a cualquier otro candidato, a Trump le hacía más y más fuerte”. ¿Cómo pudo ser esto posible?

Fíjate en las elecciones a gobernador en Alabama [enfrentaron al demócrata Doug Jones con el republicano Roy Moore, apoyado por Trump y acusado de abuso sexual a menores a finales de los 70]. Sin embargo, Trump sigue siendo la excepción; sobrevivió políticamente a acusaciones de acoso sexual por parte de dieciséis mujeres. Estas revelaciones son conocidas en Estados Unidos como las “October surprises”, es decir, noticias que salen a la luz en el mes de octubre y que influyen notablemente en la etapa final de la campaña electoral. En el caso de Trump, estas informaciones fueron publicadas por The Washington Post. Seguramente, los demócratas contaran con estas grabaciones desde un tiempo antes y las “dejaran caer” en las últimas semanas. Y ni siquiera esta “sorpresa de octubre” le tumbó. Había quien le llamaba “el candidato de teflón”, por su resistencia.

Creo que también influye que los medios tradicionales –considerados hasta el momento como “gate keepers”, capaces de decidir qué se convierte en noticia y qué no– han perdido la capacidad de tumbar a un candidato que antes sí tenían. Años atrás, si no les convenía un candidato –por ser poco afín a sus intereses, por ejemplo–, se ponían de acuerdo y lo hacían.

Sucedió con el candidato demócrata Howard Dean y su famoso grito… [Dean, progresista y muy crítico con la Guerra de Irak, sufrió las arremetidas de sectores de su propio partido y una campaña en su contra orquestada por diferentes medios de comunicación].

Exacto, el vídeo de su grito dominó el ciclo informativo. Dean cayó por un simple vídeo [en el que grita durante un mítin en 2004] y, sin embargo, la candidatura de Trump continuó a pesar de estos escándalos.

¿Nos ha demostrado su victoria que los medios han perdido el monopolio de la opinión pública en Estados Unidos?

Son cada vez más débiles. A lo mejor si Trump se hubiera lanzado en 2004, lo hubieran tumbado desde el primer momento con sólo repetir en bucle sus declaraciones explosivas: sobre los mexicanos, sobre McCain, sobre el juez Gonzalo Curiel, sus declaraciones en las que afirma que pagaría los costes del abogado de cualquiera de sus seguidores que interrumpiese el discurso de sus rivales, sus amenazas a un espontáneo que intentó boicotear uno de sus mítines…

En poco más de un año como inquilino de la Casa Blanca, Trump se ha enfrentado a enormes movilizaciones en su contra, escándalos sobre el pasado de su esposa Melania, a la vinculación de su Secretario de Comercio con sociedades offshore, como revelaban los Paradise Papers, a las críticas por nepotismo, a las voces en contra de su decreto antimigratorio y a las recientes acusaciones de acoso sexual por parte de varias mujeres. Mientras tanto, su popularidad desciende paulatinamente. ¿Van a acabar los escándalos con Trump? ¿Hay alguna polémica capaz de destruirle?

O despedir al director del FBI, también. El escándalo más serio que puede acabar con él, ahora mismo, es la injerencia rusa en las elecciones, que aún se está investigando. Aún faltan por revelarse más datos sobre este proceso pero podría encajar en el tipo delictivo de “traición”, porque la ley electoral no permite influencias extranjeras en las votaciones. Si los demócratas ganan en 2018 el control del Congreso, podrían tantear más seriamente la idea de un “impeachment” [un proceso de destitución de un alto cargo gobernativo]. Esta “moción de censura” no es descartable pero los demócratas tendrán que analizar si les conviene que el vicepreisdente Mike Pence, visto como un republicano más moderado pero ultra en lo ideológico, pueda ocupar la Casa Blanca. Habría que valorar también cómo les afectaría esta situación para ganar en 2020.

¿Cómo un magnate multimillonario, rodeado de poderosas y pudientes figuras, ha sido capaz de arrastrar a su favor el voto de las zonas de clase obrera?

Es otra de las paradojas de su electorado. En parte, se explica, como narro en el libro, con esa conexión que sienten con los gustos poco sofisticados o la forma de expresarse de Trump. La gente de las zonas rurales entiende su manera de hablar y apoya su desapego por la élite de Nueva York o Washington. Sienten que esa marginación que sufre Trump entre los cosmopolitas es paralelo al olvido de las zonas rurales. También influye el hecho que Trump acudiese a zonas como esas durante su campaña; áreas que no visitaron candidatos republicanos como McCain o Romney.

Yo estuve en un pueblo de 855 habitantes en Carolina del Norte. Cuando Trump acudió allí para su mítin, las escuelas y las tiendas cerraron y la vida se paralizó. Todos querían hacerse una foto con Trump. Se generó un ambiente festivo –casi de circo ambulante; como decíamos antes– y los vecinos de los pueblos cercanos tampoco quisieron perderse el evento. Hablé con una anciana que me dijo que, desde la de Eleanor Roosevelt, la visita de Trump era lo más importante que había pasado en ese pueblo y otros comentaban que había viajado hasta allí porque se preocupaba por ellos. En ese sentido, y a pesar de lo que comentábamos antes, se veía el empeño de Trump en la carrera hacia la presidencia: celebró muchos más eventos que su rival y, aunque tenía setenta años, realizó jornadas maratónicas. Dio cinco mítines cada uno de los dos últimos días de campaña.

Hablemos de Trump y los medios de comunicación. En una de nuestras entrevistas, Vicenç Sanclemente, corresponsal de RTVE, nos contaba que “casi nadie recogió el testimonio de los olvidados en el proceso de la globalización ni recorrió la América profunda para darnos a entender que podía ganar Donald Trump. Al igual que los grandes medios, las grandes agencias fallaron quedándose en las grandes ciudades del país”. En el prólogo, María Ramírez afirma que “el reporterismo bien hecho es insustituible (…) y se consideró anecdótico frente al panorama general y a las encuestas”. ¿Fallaron los medios de comunicación y las encuestas a la hora de abordar el fenómeno Trump?

Sí, fallaron. Se menospreció ese reporterismo clásico y de calle porque ahora se confía más en los datos agregados, los modelos estadísticos y los pronosticadores. Fallaron –fallamos– porque cada vez hay menos periodismo local, tanto en España como en Estados Unidos. Y eso se nota. Cada vez hay más periodistas concentrados en las grandes ciudades –Nueva York, Los Angeles, Miami, Washington…– frente a las zonas interiores. Faltó ir a, por ejemplo, un diner de un pueblecito de Pensilvania a preguntarle a uno de los señores que se toma allí una hamburguesa a quién va a votar y por qué. En “Trumpistas” hablo del libro de J.D. Vance “Hillbilly Elegy”, que se convirtió en un best seller días después de la elección por ahondar en esa América rural y olvidada a la que nadie preguntó. Vance ni siquiera es trumpista –es republicano, eso sí– y afirma que entiende por qué las zonas rurales apoyaron a Trump. Según se extrae de su libro, uno de los fallos es que la élite mediática que no sale de sus oficinas en Washington o Nueva York no se ha cruzado con esta gente que ha perdido la esperanza en su propio futuro.

Ciertos medios de comunicación pecaron de exceso de superficialidad al considerar a Trump un extravagante personaje con suerte y nunca ver en él a un candidato con posibilidades de victoria. Tras haber seguido a Trump durante la campaña, ¿cambia tu visión personal de éste una vez gana las elecciones?

El periodismo que se hace durante la campaña es distinto del que se hace después. Antes de las votaciones, es importante ser crítico con los dos candidatos; nosotros tratamos de hacer eso en Univisión. Si eres crítico con uno, no debes pasarle cosas a su rival. Cuando Trump gana, ya no tiene un rival enfrente y la prensa tiene que –como dicen en Estados Unidos– hold him accountable; es decir, fiscalizarle.

Desde que llegó a la Casa Blanca, se ha potenciado el fact checking [comprobación, verificación de hechos y datos de los discursos políticos], aunque, en plena época de la posverdad, echo en falta que se popularice en el periodismo español. Durante la campaña, aplicamos más el fact checking a Trump que a Clinton, por la sencilla razón de que él mentía mucho más.

Pero, como periodista que le ha seguido, ¿se siente una sensación de asombro y extrañeza una vez llega a la Casa Blanca; algo que pocos vaticinaban?

Sí… Ahora tiene poder. Aunque durante la campaña sí que te planteas en ciertos momentos que puede ganar; no es que nunca contemplásemos ese escenario. Pero tras la “sorpresa de octubre” y su mala actuación en los debates, pocos le daban por ganador. El primer debate fue a finales de septiembre y, tras su celebración, la sensación general en casi todos los medios era que Clinton iba a ser la ganadora.

“Preguntados por los votantes del partido contrario, demócratas y republicanos muestran una animadversión cada vez mayor”.

 

No obstante, creo que se da demasiada importancia a los debates, cuando no son tan importantes. Casi todos los medios nombraron “ganadora” a Clinton; por usar mejores argumentos, por desmontar los del rival… Pero los comentarios de la gente en la web o las encuestas online no la apoyaban tanto, o quizá por otros motivos, y la gente en la calle no opinaba igual que los medios… Al final resulta que tienes a ambos candidatos hablando durante dos horas mientras que muchos votantes se guían por la imagen. Hay quien dice que los debates hay que verlos con la televisión sin sonido; porque la imagen que proyectan es un termómetro más fiable de quién es el ganador que el contenido de sus intervenciones. Como comentaba María Ramírez, Trump se comportó en uno de los debates “como un toro bravo”; algo que a muchos periodistas nos podría parecer impropio. Pero muchos votantes en sus casas vieron en sus gestos que es un tipo fuerte, un líder. Mucha gente vota no tanto por el discurso y por las propuestas sino por la respuesta que prefieran ante la pregunta de: “¿Con quién te tomarías una cerveza?”. Habría mucha gente que, tras el debate, pensó: “Este tipo es como yo”.

Jorge Ramos, estrella televisiva de Univisión, fue expulsado de una conferencia de prensa en Iowa. En una entrevista con El Mundo, Ramos afirmaba que “Trump ve a la prensa libre como su enemigo”. Recientemente, la cadena CNN, una de las más críticas con Trump, retiraba una noticia contra el presidente por falta de diligencia periodística. ¿Cuál será el desenlace de la guerra “Trump vs. The Media?

A Trump esta “guerra” le está funcionando. Es muy lamentable que un presidente llegue a decir que la prensa “es el enemigo del pueblo”; algo que han dicho a lo largo de la historia dictadores como Stalin o Mao. Se ha sumado a la lista de líderes que han dicho una barbaridad así. El problema es que su victimismo hace que sus votantes consideren que la prensa es injusta con él.

Con asuntos como el de la injerencia rusa –tema estrella durante este año–, hay gente que cree que se está haciendo una montaña de un grano de arena; que se trata de una “cacería de brujas”. Él sigue desmintiendo las noticias que le perjudican y, si la investigación demuestra que no ocurrió nada, lo utilizará para mantener sus ataques a la prensa. Le será muy rentable; dirá: “Como yo ya os dije, me quieren tumbar a toda costa…”.

¿Qué papel han jugado en la construcción de la imagen de Trump figuras de  su entorno como su mujer Melania –quien plagió un discurso de la ex pimera dama Michelle Obama–, sus hijos, su asesor Steven Miller o su yerno y mano derecha Jared Kushner?

He hablado con muchos seguidores de Trump que consideran que su familia es otro de los motivos para votarle. Que sus hijos sean exitosos, guapos y admirados y que formen parte de su proyecto es un punto a su favor. Su hija Ivanka es un modelo a seguir para muchas jóvenes millenials. A pesar de que Melania sea su tercera esposa, su familia es vista como una familia tradicional americana. Durante la Convención Republicana de julio de 2016, se ausentaron grandes nombres del partido, como Romney –anterior candidato– o Bush. Y quienes leyeron algunos discursos fueron familiares de Trump, como su hija, quien habló antes de él.

¿Ha contribuido la victoria de Trump a poner de manifiesto una brecha en la sociedad americana: habitantes de grandes ciudades frente a los de zonas rurales, establishment frente a afectados por la globalización; ciudadanos con estudios y sin ellos, dedicados a las tecnologías versus manufactureros del “Cinturón del óxido”?

Sí, sí… La polarización es extrema, llegando a los mayores niveles desde que se mide este índice. Evidentemente, no estamos llegando al contexto de la Guerra Civil; claro. Aunque hay voces que dicen que si Estados Unidos sigue ese rumbo, puede llegar a esa situación. La división social es muy fuerte: un tipo disparó a un congresista [el jefe del grupo parlamentario republicano, Steve Scalise] en Virginia, los sucesos de Charlottesville…

“Trump se comporta como quieren algunos de sus votantes, que sentían que, con Obama, Estados Unidos había perdido su posición de liderazgo, como una potencia que exhibe músculo militar y económico”.

 

Las encuestas también muestran que demócratas y republicanos cada vez se pueden ver menos. Preguntados por los votantes del partido contrario, los ciudadanos muestran una animadversión cada vez mayor, llegando a unos límites históricos. La situación ahora es la de medio país que no acepta a su presidente. Mi vecino en Estados Unidos lleva una pegatina en su coche en la que pone “Not My President”. La polarización es fortísima…

¿Esa polarización se puede extrapolar al panorama internacional? Se me ocurre la designación de Jerusalén como capital de Israel o las tensiones palpables entre Estados Unidos y Corea del Norte…

Sí, él quiere venderse como un líder duro que no se deja intimidar. Se está comportando como quieren ciertos de sus votantes, que sentían que, con Obama, Estados Unidos había perdido su posición de liderazgo; que ya no era una potencia que exhibía músculo militar y económico. Y sus votantes también buscaban esa actitud en el ámbito internacional. ¿Recuerdas “la madre de todas las bombas” que lanzó en Afganistán? Tiene que demostrar que hace las cosas que no hacía Obama, como romper el acuerdo con Irán…

El del Clima, incluso…

Exacto. Mucho “patriota” exigía esas medidas. En campaña, Trump solía decir: “We don’t win anymore” (“Ya no ganamos”). ¿Qué significa eso? ¿El hecho de que Obama se reúna con Raúl Castro en Cuba es una derrota? Había quien lo percibía así y se sentía acomplejado porque su país no mostraba liderazgo. Querían acabar con todo aquello que consideraban “el enemigo”.

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