A PEQUEÑA ESCALA: Entrevista a ¡La Leche!

¡La Leche! nace en 2016 como una revista ilustrada de periodismo cultural dirigida principalmente a niños de 8 a 12 años de edad. Con cuatro entregas cada año –verano, otoño, invierno y primavera–, abarca diversos temas con el objetivo de suscitar el interés por la cultura y la actualidad en el joven lector; para “que los asuntos más complejos puedan captar la atención de los chavales y servir de introducción a determinadas áreas del saber”.

La revista “para los que (casi) saben multiplicar” se imprime en papel ecológico cada tres meses, combinando texto e ilustraciones a dos tintas, las cuales cambian de número a número siguiendo las variaciones cromáticas de las estaciones.

Su director, Gustavo Puerta Leisse (Caracas, 1975), responde a las preguntas de UND_R CONSTRUCTION para explicar cómo se gesta y desarrolla un proyecto tan singular como éste.

Fotografía, elaboración y redacción: Alberto García Aznar y Javier Corbacho Galán

¿Cómo y por qué nace ¡La Leche!? ¿Por qué es necesario explicar la actualidad a los niños?

Gustavo Puerta Leisse: Creemos que los niños tienen derecho a estar informados. Muchas de las decisiones que tomamos los adultos les afectan directamente y comprometen su futuro. Pensemos, por ejemplo, en el Brexit. Hay una generación de ingleses, galeses, escoceses e irlandeses que nacieron europeos y muy pronto dejarán de serlo.

Pero en ¡La Leche! no solo nos ocupamos de la actualidad. También nos interesa abordar materias que pueden resultar apasionantes y que no suelen estar al alcance de nuestros lectores. Desde el sumo a la carrera espacial, del Visual Thinking a las egagrópilas… Son muchos los temas que no se tratan en la escuela y que, de un modo u otro, pueden influir en nuestra forma de ver el mundo. Contar buenas historias; eso nos llevó a crear ¡La Leche!.

¿Cómo seleccionáis de qué temas hablar y, sobre todo, de cuáles no?

Gustavo: Hasta el momento, nunca hemos dicho: “de esto no queremos, no debemos o no podemos hablar”. Creemos que buscando la perspectiva adecuada se puede hablar de casi todo con un chaval. Los temas surgen de muchos ámbitos: libros, conversaciones, preguntas, obsesiones personales, acaloradas discusiones, propuestas… Si hallamos cómo enfocarlo, con quién podemos contar para hacerlo e ilustrarlo y encaja con el equilibro temático y los niveles de dificultad que procuramos en cada número, lo seleccionamos como un contenido a tratar.

El registro que usáis, sin embargo, no es especialmente infantilizado… ¿Ventajas y desventajas?

La infantilización es, a nuestro juicio, una forma de menospreciar al lector. Abogamos por eliminar cualquier tipo de tratamiento condescendiente hacia el niño y procuramos establecer un modelo de comunicación no autoritario, basado en la horizontalidad. Para nosotros no es un asunto en el que podemos sopesar ventajas y desventajas. Se trata más bien de respetar al niño.

“Creemos que los niños tienen derecho a estar informados. Muchas de las decisiones que tomamos los adultos les afectan directamente y comprometen su futuro.”

 

¿Consultáis a expertos, por ejemplo, a la hora de editar cada número?

Muchos de nuestros colaboradores son especialistas en los temas que tocan, y previamente no habían escrito para niños. Un piloto de autogiros, un tipógrafo, la directora del Museo de la Biblioteca Nacional, una panadera, un psicoanalista… En el caso de las entrevistas, nos dirigimos a reconocidísimos profesionales. Por ejemplo, para hablar sobre los refugiados, hemos acudido a los corresponsales de migración Patrick Kingsley (The Guardian) y Wolfgang Bauer (Die Zeit) y en el dossier que le dedicamos a Venezuela, entrevistamos a Rory Carroll (The Guardian) y Beatriz Lecumberri (Radio Francia Internacional). En ¡La Leche!, también hemos tenido la oportunidad de que escritores como William Finnegan (Premio Pulitzer 2017) o que Peter Frankopan (director del Centro de Estudios Bizantinos de la Universidad  de Oxford) nos transmitan su pasión por el surf o por las rutas de la seda.

Cuando ha hecho falta, sí hemos recurrido a expertos para arbitrar algún artículo o comprobar los datos.

¿Cómo se manifiestan los códigos periodísticos en ¡La Leche!? Soléis mencionar la importancia del rigor y la función pedagógica del buen periodismo, que tratáis de aplicar a vuestro contenido…

A nivel editorial, le dedicamos mucho tiempo a trabajar los textos, las ilustraciones y los paratextos. De los primeros números, perseguimos la claridad, el rigor expositivo, la concisión y plantear un enfoque atractivo y placentero. Nuestro objetivo, parafraseando a William Lyon, es la “escritura transparente”. Las ilustraciones constituyen para nosotros otro espacio comunicativo fundamental. Deben interactuar con el texto y si éste no aparece, aportar una narrativa propia. Su empleo nunca será expresivo, ornamental o decorativo y siempre debe ofrecer una lectura o experiencia propia. En los paratextos, nos detenemos mucho. Desde el formato, las dos tintas, las frases reclamo que aluden al precio de la revista -“nueve eurines, “nueve eurotes”…- o al destinatario -“para los que sueñan con la paga”, “para los que hablan en clase”…- hasta las páginas de índice o suscripción. Es cierto que exigen muchas horas de curro, pero para nosotros son un espacio muy importante de juego y de experimentación en relación con el lector.

Pretendéis “contar historias fáciles de leer sobre realidades difíciles”. ¿Cómo hacer accesibles temas complejos como la crisis de los refugiados o el Brexit a niños de 8 años?

Para empezar, hay un trabajo muy arduo de investigación, lectura y discusión. Antes de poder explicar una realidad compleja, tenemos que comprenderla nosotros. Luego, hay que decidir qué perspectivas o enfoques deseamos abordar. En el dossier que le dedicamos a los refugiados, por ejemplo, sabíamos que queríamos tratar cuatro ejes. Partir de la propia historia española y abordar la situación de los niños desplazados durante la Guerra Civil. A continuación, considerábamos importante analizar qué es un refugiado desde la perspectiva del Derecho Internacional, tomando en consideración la convención de la ONU y las funciones del ACNUR. La tercera área se centra en la situación del Mediterráneo  y, por último, queríamos aludir a los campos de refugiados. Una vez delimitados estos lineamientos, comienza el trabajo más incierto: encontrar los colaboradores idóneos, convencerlos, delimitar el tema al máximo, fijar la extensión… En ocasiones, surgen historias que no habíamos contemplado (por ejemplo, el rechazo de la solicitud de asilo de Ana Frank por parte del gobierno de EEUU).

“Para empezar, hay un trabajo muy arduo de investigación, lectura y discusión. Antes de poder explicar una realidad compleja, tenemos que comprenderla nosotros”.

 

A veces, tenemos que renunciar a algún planteamiento y también sucede que alguna entrevista que considerábamos inalcanzable se materializa. Una vez que llegan los textos, pasamos, junto a sus escritores, a editarlos. En ocasiones, los probamos con chavales para ver su reacción, si se entienden, qué les falta, etc. Viene entonces el trabajo con los ilustradores. También implica cambios, correcciones, pruebas. Por último, escribimos la introducción del dossier. En todo este proceso, buscamos siempre ser lo más accesibles posible sin sacrificar la complejidad de la realidad.

¿Cómo se relacionan, dentro de un ejemplar impreso, el formato visual –cómic, infografías, dibujos…– con el contenido escrito; así como el contenido online y el offline?

Una de las tareas que más disfruto es la de buscar qué ilustrador va a ilustrar qué artículo. Un ilustrador aporta la primera lectura e interpretación de un texto y sus imágenes son capaces de influir poderosamente en el lector. En este sentido, la selección que hagamos puede resaltar elementos del texto, esclarecerlo, compensar su dureza, hacerlo más próximo o, por el contrario, marcar cierta distancia. Así, gracias a la ilustración podemos “mostrar” un ejemplo de una ley física o representar lo que se esconde dentro de una egagrópila; podemos darle un tono humorístico a la compleja explicación del Brexit, hacer que sea muy cercano y atractivo un artículo sobre un libro de adivinación del s. XV, ejemplificar el un tanto árido Estatuto de Refugiados de la ONU, emular un tratado de esgrima o prácticamente prescindir de las palabras a la hora de contar la historia de la máscara de gas. Pero la ilustración también es para nosotros un espacio en el cual investigar, experimentar y divertirnos. Jugamos con los formatos para contar las nefastas consecuencias del volcán del Monte Tambora, incursionamos en las composiciones tipográficas y caligráficas, creamos carteles alternativos para películas que nos gustan y apostamos por reapropiarnos de géneros gráficos del pasado. Además, tenemos la suerte de contar con excelentes ilustradores de cómics que desarrollan proyectos muy propios especialmente para ¡La Leche!.

La web, el blog y las redes sociales tienen la función de amplificar los contenidos tratados, darle difusión a la revista y posibilitar el intercambio con nuestros lectores.

Os dirigís a un público que –en vuestra opinión– “no tiene juicios pero sí preguntas” y afirmáis no posicionaros ideológicamente. ¿Qué riesgos se corren cuando el contenido de ¡La Leche! es el primer contacto de un joven lector sin ideas previas sobre determinados temas?  ¿Cómo ser neutral a la hora de satisfacer su curiosidad sobre Trump, la figura de Hugo Chávez o los refugiados?

Bueno, antes que nada creo que vale la pena hacer algunas precisiones. En primer lugar, los niños claro que tienen juicios pero, normalmente, son más flexibles que los adultos. En ellos aún prevalece la necesidad de conocer sobre la de juzgar y, en este sentido, nuevas experiencias o ideas son capaces de desmontar o al menos cuestionar sus valoraciones. En muchos casos, su capacidad de preguntar poco a poco se ha ido perdiendo (en buena medida a consecuencia del sistema educativo y, en general, del modo en que los adultos nos relacionamos con ellos). No tomar en cuenta estos dos aspectos sería tener una imagen distorsionada del público al cual nos dirigimos.

“Creemos que buscando la perspectiva adecuada se puede hablar de casi todo con un chaval. Lo correcto o incorrecto para nosotros no es el tema sino el modo de enfocarlo”.

 

En segundo término, tengo que aclarar que claro que tengo una ideología pero, de lo que se trata, es que como periodista sea capaz de suspender mis preferencias personales. De modo que mi aproximación a, por ejemplo, un tema de actualidad sea lo más desnuda y desprejuiciada posible. El reto de una profesión como ésta es la de superar nuestra propia parcialidad.

Tomando en cuenta esto, os respondo. Es equivocado pensar que un lector (niño o adulto) no tenga ideas previas cuando comienzan a leer un artículo, por ejemplo de ¡La Leche!. Los chavales no son páginas en blanco. Siempre se parte de algo y mientras más claro tengas cuáles son estos supuestos, prejuicios, estereotipos y conocimientos previos, más fácil será transmitir tu mensaje. Nosotros no nos preocupamos por procurar un “primer contacto” de los niños con un determinado tema sino, más bien, por ofrecer un conocimiento significativo, transmitir un sentido, ofrecer una interpretación (entre otras posibles) que, por supuesto, puede ser ampliada y enriquecida.

Como periodista, no creo ni persigo la objetividad. Sí creo, en cambio, en la precisión, la contrastación y la independencia. Cuando nos enfrentamos a figuras como las de Hugo Chávez o Donald Trump no nos interesa juzgarlas sino entender las razones de su ascenso, ver cómo su forma de hacer política afecta la vida cotidiana de sus pueblos y entender categorías teóricas interpretativas como podría ser el populismo.

Habéis abordado temas como el sexo, el psicoanálisis, los brindis o la Guerra Civil Española. ¿Por qué creéis que un niño de 9 años debe conocer estas realidades?

En primer lugar, partimos del hecho de que temas como estos, ya los conocen. Los niños no son tontos ni tampoco ignorantes. En segundo lugar, no es que “deban” conocerlos, es que si les apetece “pueden” leernos. Hacemos periodismo y partimos de la libertad del lector de seleccionar qué quiere y qué no quiere leer. No somos un libro de texto ni esperamos que ningún adulto obligue a ningún niño a leer nuestra revista.

¿Todo el contenido de actualidad tiene cabida en ¡La Leche! o hay ciertos temas que deban ser evitados? ¿Temas espinosos como la diversidad afectivo-sexual o la violencia de género podrían ser contenido de vuestra publicación?

Cuando he trabajado en alguna redacción o, incluso, cuando hablo con algunos colegas, me doy cuenta de que la mayor y más poderosa censura es la autocensura. En ¡La Leche! no tenemos algo así como una lista de temas sensibles de los que es mejor no hablar, no somos políticamente correctos ni tenemos detrás un grupo económico que condicione nuestra línea editorial. Os cuento una anécdota. Hace unos días, en un encuentro con lectores les pregunté de qué temas les interesaría que habláramos en ¡La Leche!. Como de costumbre, salió el fútbol. Yo espeté que había muchos otros medios que ya se encargaban de ello y, seguramente, lo hacen mucho mejor de como lo podríamos hacer nosotros. Concluí diciendo que, en principio, en ¡La Leche! no íbamos a publicar ningún artículo sobre el fútbol, a menos que aportáramos un enfoque original. Seguí con la charla y pocos minutos antes de terminar volvió a levantar la mano el chaval que antes había planteado el tema y me dijo: “¿Y un artículo sobre la diez peores tarjetas rojas de la historia del fútbol?”. Me comprometí a hacerlo.

Cito este ejemplo porque va a la raíz del asunto. Lo “correcto” o “incorrecto” para nosotros no es el tema sino el modo de enfocarlo. Lo que sí que hay que evitar a toda costa son los caminos trillados y el sensacionalismo.

¡La Leche! se dirige a jóvenes de 9 a 12 años. ¿Cómo crear un contenido atractivo que llegue por igual a todos sus lectores sin que exista una brecha entre los jóvenes de mayor edad y los más pequeños?

Cuando yo abro una revista, me detengo a leer lo que me apetece. Muchas veces me encuentro leyendo algo que en un principio podía pensar que no me iba a interesar. Otras, en cambio, abandono el artículo o entrevista que más me llamaba la atención. En muy escasas ocasiones leo la totalidad de la revista y, en cualquier caso, nunca lo hago siguiendo el orden de la primera a la última página. Puedo leer en la cama, mientras espero, en el metro o en el baño. Puedo compartir lo que leo con mi pareja, mi hija, mis alumnos o usar sus páginas para verter la comida de mi perro, matar una mosca o envolver un aguacate verde. Confieso que no me siento muy a gusto con la idea de que ¡La Leche! pueda servir de plato para una mascota, arma de destrucción díptera o de envoltorio para una fruta tropical. En todo caso, apuesto por brindar muchas modalidades de lectura distintas para muy distintos lectores. En este sentido, confío en que un chaval de ocho y otro de doce encontrarán cada uno contenidos que les toquen. Buscamos que algunos artículos tengan varios niveles de lectura, de tal manera que satisfagan a unos y otros. E incluso, también existe la posibilidad de la lectura compartida, de modo que un contenido más exigente pueda estar acompañado de la ayuda de un hermano, primo, amigo y hasta un padre.

Nosotros estamos ya un poco creciditos, pero, ¿nos recomendáis también leer ¡La Leche!? ¿Qué puede aportar a un lector adulto?

Además de contenidos de mucha calidad, temas desconocidos y de incentivar la curiosidad y la reflexión, ¡La Leche! también puede brindarle a un adulto la oportunidad de valorar una forma de aproximarse y comunicarse con los niños muy distinta a las habituales. En este sentido, y partiendo de que ustedes son estudiantes de Periodismo, creo que les podemos ofrecer una forma muy personal de plantearos la comunicación, de ejercer el periodismo y de considerar la relevancia de informar a los más jóvenes.

 

 

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