LA PRÓXIMA FRONTERA: Entrevista a Vicenç Sanclemente

El currículum de Vicenç Sanclemente (Barcelona, 1959) está al alcance de pocos profesionales de la comunicación. Además de escritor, reportero, colaborador radiofónico, jefe de prensa, profesor de universidad y redactor, la dilatada trayectoria de este catalán se completa con su labor como corresponsal en Washington, Londres, Pekín, La Habana y Ciudad de México. Testigo en primera línea de grandes sucesos de nuestra Historia más reciente, su busto –micrófono en mano– se ha convertido ya en una figura habitual del telediario de TVE o el célebre Informe Semanal.

Sanclemente charla con UND_R CONSTRUCTION sobre política internacional, su experiencia alrededor del globo y el papel de los corresponsales en un entorno informativo altamente globalizado.

Fotografía, redacción y elaboración: Javier Corbacho Galán


A la vista de tu extenso currículum, la primera pregunta es obligada: ¿quién es y a qué se dedica Vicenç Sanclemente?

Vicenç Sanclemente: (duda) Uf. Yo creo que soy comunicador. Lo dejaría así. Aunque en mi currículo aparezca que también soy Doctor en Comunicación, periodista e historiador. Diría que soy una persona que intenta contar historias e interpretarlas con un cierto rigor. De momento, hasta el próximo 15 de julio, soy el corresponsal de RTVE en México y Centroamérica.

Mi origen es el periodismo local. Parecido a como ha nacido und_r construction, fundé junto a tres amigos (Albert Musons, Joana Uribe y Joan Angel Frigola) una revista de barrio en Gràcia, Barcelona. Se llamaba Carrer Gran. Allí, tras muchos años de trabajo sin remunerar, aprendimos cómo contar las más pequeñas historias a pie de calle.

Hoy, considero que el periodismo internacional no dista mucho de aquello. Lo más universal es explicar la historia más pequeña y contextualizarla, para que se entienda así un problema más general.

¿Cómo llega alguien a convertirse en corresponsal de RTVE?

Vicenç: Yo creo que mi profesión es la de comunicador. Ser corresponsal lo considero una especialización, una circunstancia. Dedicarme a esto empezó como muchas otras cosas de la vida: por casualidad y porque alguien confía en ti en el momento preciso. En 1993, trabajaba como corresponsal para TVE Catalunya en la redacción de la cadena en Madrid, junto a la sección de nacional que dirigía Alicia Gómez Montano. Un día, pidieron posibles sustitutos  de corresponsales para las vacaciones de verano. Por aquel entonces, yo estudiaba inglés –algo que debió correr– por lo que habló conmigo el subdirector y me dijo: “Te ha tocado Londres”. Tras el verano, la corresponsal titular, María Victoria Martínez, pidió el remplazo y la directora de los Informativos, María Antonia Iglesias, confió en mí. Iglesias un día me dijo que era un “corresponsal de cuchara” porque “había entrado desde abajo”.

“Hacer periodismo internacional no dista mucho de la cobertura local. Lo más universal es explicar la historia más pequeña y contextualizarla para comprender un problema más general”.

 

¿Qué valor aporta un corresponsal? ¿Por qué es valiosa la conexión directa con el lugar de los hechos?

Esa misma pregunta se la hizo el exdirector de RTVE Ramón Colom, como crítico de la revista Fotogramas, tras el 11S. “Si todas las cadenas emiten las mismas imágenes y todos tienen las mismas fuentes, ¿de qué sirve un corresponsal?” se preguntaba.

Yo creo que hay dos cosas insustituibles: la presencia física y el análisis personal para explicar lo que está pasando. Si realmente estás en las calles, puedes explicar la sensación que estás viviendo. Y es entonces cuando puedes desmenuzar lo que está ocurriendo.

Fijémonos, por ejemplo, en qué es lo que sucede cuando el periodismo local y la labor de los corresponsales falla. ¿Quién recorrió la América profunda para darnos a entender que podía ganar Donald Trump? Muy poca gente. Casi nadie recogió el testimonio de los olvidados en el proceso de la globalización, de los habitantes de las zonas más rurales. Al igual que los grandes medios, las grandes agencias fallaron quedándose en las grandes ciudades del país.

Tras haber trabajado en múltiples ámbitos de la comunicación, ¿qué crees que diferencia al corresponsal de, por ejemplo, un periodista local o de redacción?

Hay una cuestión práctica. El corresponsal no tiene horario. No puede ni debe desconectarse por las noches, ni durante los fines de semana. Siempre debe estar alerta ante cualquier suceso. En una redacción, la responsabilidad está más compartida. Aunque el corresponsal puede, hasta cierto punto, ordenar su día en función de sus crónicas o directos; ser, en parte, su propio jefe.

No obstante, hay algo en común. Ni los ordenadores de una redacción, ni los pasillos de un ayuntamiento, ni las fotografías recibidas de una agencia pueden sustituir la labor en la calle. No hay que olvidar que el protagonista es el ciudadano. Por ejemplo, cuando empiece a renegociarse el Tratado de Libre Comercio entre México y Estados Unidos, alguien tendrá que explicar a pie de calle qué supone para el ciudadano norteamericano que algunos productos se fabriquen en México, por ejemplo.

Recientemente, para Informe Semanal, estuvimos tanto en la frontera norte de México como en la sur. Nada sustituye poder hablar con los propios emigrantes y comprender la situación de muchos centroamericanos que abandonan sus lugares de origen por la delincuencia e intentan acceder al país cruzando ríos y sufriendo el calvario de ser amenazados, asaltados o extorsionados. También aprecias en primera persona cuántas deportaciones se producen y en qué circunstancias.

¿Cómo se decide el destino de un corresponsal? Has inaugurado las corresponsalías de Washington, Pekín y La Habana…

Sin duda, es un tema de confianza personal y profesional por parte de tu empresa y tus directivos. Yo me siento un privilegiado porque he recibido ese apoyo en todas las administraciones.

Cuando abrimos en La Habana en 1997, España no tenía embajador en Cuba. Se acercaban las celebraciones con motivo de la visita de Juan Pablo II en 1998 y de la Cumbre Iberoamericana al año siguiente. El equipo de Enrique Sáenz de Buruaga vio claro que hacía falta estar en la isla para seguir el día a día.

“Hay dos cosas insustituibles: presencia física en las calles y análisis personal para explicar lo que está pasando”.

 

Los primeros días de 2001, Javier González Ferrari me propuso abrir la de Washington. Desde hacía dos años, contábamos con oficina en Nueva York pero en la capital era necesario estar. Y bueno, unos meses después se demostró…

Cuando acabé mi etapa en Washington D.C., Alfredo Urdaci me propuso inaugurar corresponsalía en Beijing. En conversaciones anteriores, ya veíamos claro que había que seguir la evolución de la República Popular China desde dentro. China es un continente.

¿Qué es lo más exigente de ser corresponsal?

Lo principal es que te plantees qué debes dar a cambio, a qué debes renunciar. Es muy difícil que la familia te siga; como en mi caso, que es excepcional. Tu pareja debe, en muchos casos, renunciar a una vida laboral y familiar “normal”. Hay muchos compañeros y compañeras a los que esta vida errante les ha condenado a la soledad. En otros casos, sobre todo en televisión, el personaje se ha comido a la persona. Otra complicación es tener hijos en edad escolar. El cambio de países les puede suponer un auténtico trauma.

“La vida errante de corresponsal ha condenado a muchos compañeros y compañeras a una vida en soledad”.

 

La parte positiva es que en ciertas ocasiones ves que estás en la cresta de la ola del momento informativo y que puedes aportar algo valioso desde el lugar adecuado. Y eso te proporciona una adrenalina difícil de comparar. Te das cuenta, hacia el tercer año aproximadamente, de que eres competitivo y que tienes fuentes de primera mano. Por ello, un tema difícil es la vuelta. Piensas que eres un privilegiado con ese tipo de vida solitaria, con ese frenesí hasta que te dicen que tienes que volver y todo se desmorona. Te da un cierto pánico volver a la redacción.

Has trabajado en México, Cuba o China, tres países con enormes dificultades para la prensa. En La Habana, tras la muerte de Fidel, llegaste a ser detenido mientras entrevistabas a Reinaldo Escobar, periodista crítico con el régimen. Tanto el castrismo como el gobierno chino consideran la prensa independiente como una amenaza. Y México presenta el problema del narcotráfico para los informadores. ¿Cuál es el mayor peligro al que te has enfrentado?

Yo creo que no son situaciones comparables. En México, ejercer el periodismo es peligroso, pero no para los corresponsales extranjeros que vivimos en el D.F., sino para los periodistas locales. Hay un patrón claro en los últimos asesinados en el mes de marzo: trabajan en estados como Chihuahua, Veracruz o Guerrero, informan sobre noticias policiales, municipales o sobre los narcos y tienen una página web o perfil en Facebook. Se la juegan con sus crónicas sobre corruptelas locales, sucesos o corrupciones judiciales. Y aunque hay un mecanismo de defensa del periodista, muchos crímenes permanecen impunes.

En mi primera etapa en México, acompañé en el séquito oficial al presidente Ernesto Zedillo. Al coche en el que iba junto al resto del equipo de TVE, de repente, se le reventaron las dos ruedas traseras mientras circulábamos por una autopista de Puebla. Dimos varias vueltas en círculo. El productor salió disparado y se rompió la clavícula; los demás quedamos contusionados. Un día, el presidente me dijo: “A ver si TVE compra mejores carros”. Yo le contesté, con todo el respeto: “Presidente, el coche era el de su escolta. Pudo ser o no un accidente. Pudo ir dirigido a nosotros o no…”.

En los casos de Cuba o China, la integridad física de los periodistas internacionales no peligra. Lo máximo que les puede pasar es que se les expulse o no se les renueve su visado de periodista. Los dos sistemas se parecen mucho en cuanto al trato. Hay un organismo que te tutela y te defiende. Eso sí, a la vez, eres observado. Aunque los problemas no son para ti sino para los locales que –en el caso de que toques un tema sensible– te hayan facilitado información o concedido una entrevista. Tú, como extranjero, estás protegido.

“Presidente, el coche era el de su escolta. Pudo ser un accidente o no. Pudo estar dirigido a nosotros o no” [Vicenç Sanclemente a Ernesto Zedillo].

 

Yo creo que en mi retención el 2 de diciembre hubo una confusión. Estaba perfectamente acreditado y realicé una entrevista a Reinaldo Escobar, fundador del diario independiente 14 Y Medio, en pleno Malecón, en absoluta soledad y prácticamente lloviendo. Creo que no entendieron que era normal que los periodistas internacionales quisieran ejercer su profesión y preguntar sobre el futuro de Cuba a distinta gente. No fue una provocación sino el ejercicio de mi profesión. Me dolió que fuese precisamente en Cuba, país en el que había trabajado desde hacía tres años sin ningún altercado semejante.

¿Se te ocurre alguna anécdota que te haya sucedido durante tu labor como corresponsal? Tengo entendido que “El Comandante” era muy cercano con la prensa extranjera.

Tengo que decir que Fidel Castro era un fascinador nato. Y una persona que desde el inicio de su vida pública, cuando sustituyó al locutor Eduardo Chibás al frente del Partido Ortodoxo, sabía muy bien lo importantes que eran la radio y la televisión para transmitir su mensaje. Su figura creció con los medios locales y también gracias a una magnífica relación con algunos medios internacionales.

Que TVE, el 5 de diciembre de 1997, abriera oficina permanente en La Habana fue un gesto del gobierno español hacia el cubano y viceversa.

Una vez, en la Feria del Libro de La Habana, Fidel me dijo que él se consideraba amigo del Rey y que, a pesar de ser republicano, creía que se había ganado la corona la noche del 23-F. Esa buena relación con la prensa extranjera se tradujo en la convocatoria de varias ruedas de prensa que después eran televisadas varias veces. Esto te otorgaba una responsabilidad especial; nosotros podíamos realizar cualquier tipo de pregunta que los locales no se podían permitir. En mi libro “La Habana no es una isla” comento que probablemente estábamos sustituyendo a un parlamento que no existía.

“Fidel, fascinador nato, era muy cercano con los periodistas extranjeros. Una vez me comentó que se consideraba amigo del Rey y que, a pesar de su republicanismo, creía que se había ganado la corona la noche del 23-F”.

 

Recuerdo que poco antes de la Cumbre Iberoamericana de La Habana, se organizó una rueda de prensa con Fidel. Esa misma mañana, varios manifestantes que pedían democracia habían sido detenidos. Yo le pregunté por estos arrestos, sobre si daba mala imagen a la isla retenerles cuando no habían provocado actos violentos. Castro, que tenía la pancarta de uno de ellos tras de sí, la abrió y me contestó: “¡Chico, después de 40 años de enseñanza gratuita en Cuba, no podíamos permitir que hubiera un cartel con tantas faltas de ortografía!”. Desde ese momento, hubo quien nos acusaba de “corresponsables” debido a esa cercanía en el trato. Nosotros enviábamos muchísimas crónicas de temas culturales, políticos, económicos… Incluso de acciones de la oposición.

Recuerdo otra anécdota. Un día nos encontramos por la calle, por casualidad, con la esposa de Osvaldo Payá, del Movimiento Cristiano de Liberación, que llevaba en la mano un pijama y una toalla. Habían detenido a su marido. No sabía cuánto tiempo iba a estar retenido ni por qué motivos. La entrevistamos, enviamos el contenido al telediario y salió emitido. Por la noche, llamó Payá para agradecer su liberación. Al parecer, Josep Antoni Durán i Lleida, diputado de Uniò Democràtica con buena relación con la cúpula del Partido Comunista Cubano, vio el telediario, llamó a La Habana y consiguió la liberación.

¿En algún caso has sufrido el choque cultural que supone adaptarse al estilo de vida de otro país? Trámites, amenazas, idioma…

Al abrir tres corresponsalías, me di cuenta de que cada país es absolutamente distinto. Paradójicamente, en los países autoritarios, si algo se decide “desde arriba” sabes que se va a cumplir. En otros, aunque parezcan muy avanzados, los trámites pueden ser larguísimos.

¿Qué es lo que has visto, a lo largo de tu trayectoria, que más te haya impactado?

Sin ninguna duda, el 11S y sus consecuencias. Aparte, no recuerdo nada peor que la situación en Haití. La pobreza y la violencia en las calles no tiene parangón y te hace replantearte muchas cosas. Recuerdo que estábamos entrevistando a unas monjas españolas que llevan un hospital en el barrio de Cité Soleil cuando, de repente, alguien empezó a apedrearnos. Se trataba de unos vecinos del distrito, a quienes las hermanas conocían. Estaban asustados porque el hospital era el único sitio donde se comía dos veces al día. Allí murió el colega Ricardo Ortega, de Antena 3, en 2004.

¿Y cómo fue vivir el 11S como corresponsal en plena capital de los Estados Unidos?

Pasé un auténtico trauma. Años después, en solitario o en la Universidad, he tratado de recordar minuto a minuto ese día. Esa misma mañana nos había encargado un reportaje sobre básket. Michael Jordan iba a anunciar que volvía a los Wizards de Washington. Estuvimos haciendo unas encuestas por la mañana y, mientras las enviábamos, teníamos delante una pantalla que reflejaba las imágenes de una cámara de CBS en una terraza de Nueva York. Vimos el choque de un primer avión –a mí me pareció una avioneta– contra la primera torre. Llamé inmediatamente a Ángel Nodal, del Telediario, y a José Antonio Pérez Piñar, el corresponsal de Nueva York, que me contó que estaba llegando a la oficina. Les dije que lo que creía que era una avioneta acababa de estrellarse contra el edificio y que ese día tendrían trabajo.

En la redacción de Madrid se estableció un debate muy interesante sobre si había que empezar con la programación habitual o pinchar las imágenes de Nueva York y seguir transmitiendo desde allí. Afortunadamente, se optó por la segunda opción.

Cuando estrelló el segundo avión ya fue el acabose. Empezamos una serie de directos, tanto por teléfono como en pantalla, que duraron días. Ana Blanco se portó como una jabata.

Poco después, tras el ataque al Pentágono, nos indicaron que sacáramos a los niños del colegio y nos dijeron que abandonásemos el centro de la capital, cosa que no hice.

Lo que más me impresionó aquella mañana fue la cara de los norteamericanos mientras iban abandonando sus trabajos, dirigiéndose hacia el metro. No corrían; estaban absortos, pálidos. Todos nos preguntábamos: “¿Por qué? ¿Qué será lo siguiente?”.

“El 11S fue un auténtico trauma. Lo que más me impresionó de aquella mañana fue la cara de los norteamericanos mientras abandonaban sus trabajos. No corrían, estaban pálidos. Ese día nos dimos cuenta de que el terrorismo a gran escala existía. Todos nos preguntábamos: ¿Qué será lo siguiente?”

 

En plena vorágine me preguntaron que dónde estaba el presidente. George W. Bush había ido a una escuela de Florida y el gabinete de crisis se conformó sin él hasta que fue trasladado en avión de base en base. Al rato me preguntaron si podía confirmar las sospechas de un coche bomba en el Departamento de Estado. Yo estaba en un tejado cercano a la Casa Blanca y les dije que no podía confirmar nada. “Pues la FOX lo está diciendo” me respondieron. Yo insistí en que no confirmaba nada. Seguí diciendo que no y afortunadamente acerté.

En un momento determinado, las autoridades prohibieron la circulación aérea. Se sabía que aún había cuatro aviones que no respondieron a la orden y que alguno podía dirigirse a Washington. Al final, uno de ellos se estrelló en Pensilvania. Para mí fue impresionante ver a los senadores abandonar corriendo el Capitolio, una imagen de derrota terrible.

En un directo, Alfredo me preguntó al final de una conexión: “Vicenç, ¿cuánto tiempo han estado volando los aviones antes de estrellarse?”. Yo estaba en un tejado e intentaba que me pasasen información de varias cadenas. No tenía ni idea. Por pura intuición, ya que los incendios habían sido bárbaros debido a la gasolina en los depósitos, le dije: “Una hora… o menos”. Acerté de milagro.

El 11 de septiembre de 2001 te hace reflexionar. Siempre habíamos creído que el mundo, aun conflicto tras conflicto, siempre iba a mejor. Ese día nos dimos cuenta de que el terrorismo a gran escala existía.

Ana Blanco, años después, me comentó que yo había sido el primero en insinuar la autoría de Bin Laden. En ese momento, con los nervios, se me ocurrió. Me dije: “Bin Laden”.

Debo destacar que, después de varios días, en los que estuvo cerrado el espacio aéreo, TVE mandó refuerzos. Estuvimos trabajando durante los siguientes tres meses –desde las cinco de la madrugada hasta las once de la noche– con la enviada especial. Su nombre era Letizia Ortiz; hoy, Reina de España.

Vaya… ¿Y cómo es trabajar como corresponsal para el telediario de una cadena pública a nivel nacional?

Hombre, pues te obliga a ser más responsable, a trabajar con más rigor aún. De alguna forma, representas a la cadena pública y a tu país en una nación extranjera. No es autocensura, se trata de que tus fuentes tienen que ser contrastadas y tus expresiones cuidadas.

En más de una ocasión, has manifestado tu admiración por el modelo informativo de la BBC. ¿En qué debemos parecernos al vecino británico? ¿Financiación?¿Contenido?¿Formatos?

En 1988 tuve la oportunidad de hacer un curso práctico en la BBC, tanto de radio como de televisión. Yo pensaba que a nivel técnico iban a estar mucho más preparados que nosotros. Y no fue así. Pero había una cosa que sí que les diferenciaba. Después de cada informativo de radio y televisión se reunían todos los participantes y valoraban cómo les había ido. Eso hacía que al día siguiente saliera mejor. Yo en Barcelona había asistido a reuniones previas, no a posteriori. Quizá por personalismos, nos hubiéramos criticado mucho entre nosotros. En la BBC noté que la clave estaba en la reflexión, en el control de la calidad.

Viviendo en Londres, me sorprendió que una vez al año venía un señor con una maleta a cobrarnos el canon de la televisión pública. Era una cantidad muy pequeña. Los jubilados y las personas con discapacidad visual tenían descuento. Se pagaba en función del número de televisores.

En España, la situación es complicada porque ninguna administración en democracia se ha atrevido a plantear esa posibilidad. La salida de la publicidad complicó más las cosas. En ese sentido, yo he sido un privilegiado en mi empresa. He estado en seis corresponsalías durante varias administraciones distintas debido a una situación de confianza personal y profesional. Creo firmemente en un medio independiente y plural en el que nadie etiquete a los demás, en el que nos valoremos los unos a los otros por nuestro trabajo y en el que prime el criterio profesional. Debemos superar las diferencias viendo lo positivo que es sumar.

“En la BBC, se reunían después de cada informativo y valoraban cómo les había ido. Eso hacía que al día siguiente saliera mejor. Allí noté que la clave estaba en la reflexión, en el control de la calidad”.

 

La marca RTVE es muy importante en todo el mundo. Es el medio de comunicación más importante de difusión de la lengua española –después de Televisa– y se merece que todos y todas lo defendamos con orgullo y saquemos pecho.

¿En qué consistió tu labor como Jefe de Prensa del Ayuntamiento de Barcelona entre los años 2007 y 2014?

Bueno, pasar por “la parte oscura” del periodismo fue muy aleccionador, muy duro. Tuvo compensaciones, sí; a mí me encanta y me duele mi ciudad. Recuperé muchos conocimientos de cuando hacía cobertura local con la revista, en la radio o en la tele. De pronto llegaba a El Carmel con el alcalde y los vecinos me decían: “Usted estuvo aquí hace 20 años”. Volví a aprender mucho de los barrios y de sus activistas sociales.

Ahora, no puedo evitar pasar por alguna zona, como las obras de la estación de trenes y la remodelación urbanística de La Sagrera y pensar que tuve algo que ver.

En esa época recibí muchos palos pero siento mucho orgullo por algunas cosas. Como jefe de prensa del Ayuntamiento de Barcelona, nunca llamé a la emisora local de televisión, BTV, para pedirles que empezaran el informativo de determinada manera o para colocarles alguna información. Eso, a corto plazo, para algunos concejales podía ser fatal, pero creo que crea estilo.

También fuiste director del programa Repor. ¿Estamos necesitados, hoy más que nunca, de la profundidad y la reflexión que ofrecen los reportajes frente a la dictadura de la prisa informativa? ¿Cuál es el valor del reportaje en nuestra era?

Tengo que decir que el equipo de Repor es una pasada. El programa es un formato de media hora de reportaje basado tanto en testimonios de la gente de la calle como en otros contrastados. Esto requiere de un enorme trabajo previo para contactar personas, localizar situaciones, producir…

Se intenta no interrumpir las actividades de colectivos y personas con grandes equipos y entrevistas “muy puestas”. Lo que se busca es crear confianza. El resultado es buenísimo.

El reportaje de gran formato no solo es posible sino que es necesario y debería tener mejores horarios. Hay otros ejemplos buenísimos, como En Portada, Documentos TV, Crónicas…

“El reportaje de gran formato es posible y necesario. Debería tener mejores horarios. El equipo de Repor (RTVE) es una pasada. Sus resultados son buenísimos”.

 

En el 2005, ganamos el premio Peabody en Estados Unidos con un reportaje para En Portada sobre la emigración interna en China. Se llamaba “Millones de pasos adelante”. José Antonio Sacaluga nos encargó una serie de reportajes largos sobre la inmigración. Conseguimos reflejar cómo había más de cien millones de emigrantes internos que no tenían los mismos derechos que las personas empadronadas en las urbes. Pudimos seguir la vida de gente a pie de calle, como Bai, una muchacha que se despidió de su familia en Mongolia para trasladarse a servir a una casa en Beijing. Estuvimos en su hogar, en el tren y la visitamos varias semanas después. Claro, para conseguir estos personajes clave, la producción del reportaje nos supuso tres meses de trabajo. Cuando nos dieron el galardón en Nueva York, una miembro del jurado, profesora de la Universidad de Hong Kong, me dijo: “Mire, China está de moda. Pero en las otras cadenas, hablan con el gobierno, con la oposición, con Human Rights desde el exterior y ya está. Ustedes han conseguido seguir a personas de a pie”.

¿Cómo ha cambiado la labor de corresponsal desde tus inicios hasta hoy? Una vez comentaste que la irrupción de Internet os ayudó a escapar del control del gobierno chino y que ahora es más fácil evitar la censura.

En las corresponsalías de televisión ha habido un antes y un después desde la introducción de Internet en los envíos. Antes, había que ir a la televisión o a la compañía de teléfonos del país en cuestión y te cobraban unos setecientos dólares por 10 minutos de satélite. Lo peor era que si a la empresa estatal le incomodaba el tema te decían que el satélite se había estropeado. Una vez, intenté enviar una pieza sobre el aniversario de las protestas de Tiananmén desde la Televisión Central China y el operario me dijo: “¿Cree que voy a perder yo mi empleo por enviar una pieza de un minuto y medio recordando esto?”.

Gracias a los envíos por Internet, ahora ahorras mucho dinero y no hay control previo. Que el envío haya pasado a ser gratis te obliga a mandar información diariamente al canal 24 Horas.

“En las corresponsalías ha habido un antes y un después gracias a Internet. Antes, obtenías un “no funciona el satélite” si a la empresa gubernamental de comunicación le incomodaba el tema. Hoy, ahorras tiempo y dinero. Otras tecnologías, como el móvil, han cambiado también el universo comunicativo”.

 

¿Qué supone trabajar en países en los que la libertad de prensa está mermada?¿Cómo es la relación entre los ciudadanos y los medios en dichos “entornos hostiles”? Blogs, ciberactivismo, cortes de comunicación, escuchas…

Yo creo que se produce la misma relación que había en la España de Franco. La gente ya sabe lo que puede obtener de la prensa oficial, sus limitaciones y lo importante que es leer entre líneas. Lo que con el desarrollo de Internet se ha producido –esta es una de las conclusiones de mi tesis– es un momento único en el que la Red ha permitido y favorecido el empoderamiento de ciertos ciudadanos, su concienciación y también la entrada en juego de ciertos periodistas que han realizado una función de mediadores y distribuidores de la información. Se han creado unas plataformas de información y opinión en las redes sin precedentes hasta el momento.

En China, estudié el caso de Wang Keqin, pionero del periodismo de investigación en el país. Entradas de su blog contaban con más de 220.000 lectores. Después, obtuvo tres millones de seguidores en Micro Blog. Tocaba temas como el mal estado de las vacunas o el abuso de poder de algunos funcionarios locales. Otro autor, Han Han, contaba con millones de seguidores.

Una anécdota: el 15 de junio de 2005, los campesinos de Shenyou, en la provincia de Hebei, a 100 kilómetros de Pekín, estaban acampados protestando contra la compañía Hebei Gouhuá Power, que quería sus tierras para construir una central. La eléctrica contrató a unos matones en la capital y fletó varios buses rumbo al campamento “para darles una lección”. Se produjo una batalla campal. Seis manifestantes muertos, un asaltante y casi cincuenta personas heridas. Pero el suceso se registró, ya que uno de los campesinos grabó la reyerta gracias a la cámara de su humilde móvil. En pocas horas, las imágenes estaban en la redacción de The Washington Post. Llamé a Madrid y el telediario también las emitió.

La posibilidad de utilizar un móvil contra las injusticias ha cambiado el universo comunicativo. En ese momento me di cuenta de que estábamos en una nueva era que merecía la pena estudiar.

En Cuba, los posts de Yoani Sánchez llegaban a casi cinco mil comentarios. Claro, casi todos desde fuera del país, donde se creó una plataforma de discusión a la que la bloggera no podía entrar. Era un foro con intervenciones muy polarizadas pero, entra queja contra el gobierno y alabanza a los Castro, aparecía algún usuario quejándose de la falta de sangre en tal hospital. Ahora, sobre Cuba, hay bastantes medios de comunicación online –como 14 Y Medio, Periodismo de Barrio o Diario de Cuba– que sobrepasan las informaciones de los oficiales en papel. A su vez, también se multiplican las opiniones dentro del oficialismo –voces declaradas comunistas– que piden transparencia y pluralismo de opiniones.

Ha sido todo un placer, Vicenç. Gracias por tu testimonio, tu tiempo y por ofrecernos tu experiencia.

Muchas gracias. Y felicidades por la idea de crear un medio como este.

 

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