LA INTELECTUALIDAD EN JAQUE: Entrevista a Ignacio Sánchez-Cuenca

Ignacio Sánchez-Cuenca (Valencia, 1966) es sociólogo, politólogo y profesor en la Universidad Carlos III de Madrid. Hace un año, en marzo de 2016, publicó “La Desfachatez Intelectual. Escritores e intelectuales ante la política” (Libros de la Catarata), obra en la que arremetía contra algunas de las grandes figuras de las letras españolas debido a la “baja calidad de sus participaciones en el debate público”.

Apellidos como Savater, Juaristi, Azúa, Marías, Vargas Llosa o Cercas no salían muy bien parados en los análisis de Sánchez-Cuenca, capaces de generar una notable cantidad de alabanzas a la vez que una cifra no menor de réplicas –varias de ellas firmadas por algunos de los nombres anteriores– y encendidas críticas.

Ignacio recibe en su despacho a UND_R CONSTRUCTION para analizar la influencia de los intelectuales en el debate público, el futuro de éste y la validez de sus tesis tras más de un año –y siete ediciones– de reproches y elogios.

Elaboración y redacción: Javier Corbacho Galán

Fotografía: Álvaro Rincón Sanz


En “La Desfachatez Intelectual”, repites varias veces que tu intención no es la de sustituir a los opinadores por expertos. ¿Cuál es el objetivo del libro?

Ignacio Sánchez-Cuenca: Existe un doble objetivo. El primero consiste en señalar algo sobre lo que raramente se llama la atención acerca del debate público, que es la baja calidad de las intervenciones de varios intelectuales consagrados. Y el segundo es el de despertar un diálogo sobre cómo podríamos organizar nuestra esfera pública para que hubiera un nivel de exigencia más alto.

¿Tienes algo de ese Platón que pretendía expulsar a los poetas de la República, ya que con la belleza de sus palabras transmitían mensajes carentes de Verdad? Popper tampoco sale muy bien parado de tu libro…

Ignacio: (risas) No, no, no. Yo no quiero expulsar a nadie de la esfera pública, que debe estar abierta a todo aquel que tenga algo que decir y creo, de hecho, que tiene que ser más plural de lo que es ahora. A mí lo que me parece un poco patológico es que haya individuos a los que se da una tribuna y la mantengan durante 40 años; y estén semana tras semana opinando. No quiero expulsar a nadie pero lo que sí digo es que si alguien da el paso de intervenir tiene que cumplir unos requisitos mínimos de calidad, rigor y originalidad. Si a los poetas, escritores, ensayistas y demás literatos les apetece opinar sobre política a mí me parece estupendo. Lo que pasa es que deben cumplir unas condiciones necesarias para que sus opiniones tengan el valor añadido que las justifiquen.

Esos “límites de lo que resulta admisible en el campo de la opinión y el análisis”, ¿cuáles serían y quién debe establecerlos? ¿No es una utopía que sean compartidos?

Bueno, hay una parte de voluntarismo en lo que propongo. Pero, por otro lado, creo que resulta razonable al observar que en otros países tienen esferas públicas más robustas, más potentes, más plurales y con menos personalismos. ¿Por qué nosotros no aspiramos a algo parecido? No se trata de establecer un reglamento ni de conformar un consejo de supervisión de opinadores sino de generar debate acerca de cómo deberían ser nuestras intervenciones en esta gran conversación sobre la política que es la esfera pública. Y que todos reflexionemos conjuntamente sobre la responsabilidad de los directores de los grandes medios de comunicación, los propios intelectuales y los lectores, a los que habría que pedirles que fuesen algo más exigentes y no fueran tan incondicionales de ciertas firmas.

¿Y qué porcentaje de culpa recae en el público, por creer a pies juntillas lo que dicen estos opinadores y por sustentar la posición desde la que éstos propagan su desfachatez? ¿El público es comodón?

El público es una masa muy grande de personas, entre la que nos encontramos todos. Yo, como lector habitual de medios de comunicación, formo parte de él también. Sería injusto hacer generalizaciones sobre un colectivo enorme. Otra cosa es establecer distinciones y al hacerlo, nos damos cuenta de que hay ciertos sectores cuya paciencia ha ido agotándose y que hoy en día hay más debate y mayores críticas hacia ciertas posiciones de las que había hace 10 años. No se trata de, desde una posición de superioridad, desprestigiar al público lector sino de señalar cómo algunos grupos crecientes de esta masa van haciéndose más exigentes. En el libro, trato algunos ejemplos, como la reacción de protesta contra las declaraciones de Félix de Azúa en las que afirmaba que Ada Colau debería estar sirviendo en un puesto de pescado. Como respuesta, hubo una recogida de firmas en un movimiento de claro rechazo ante ese tipo de palabras. Antes, eso se hubiera dejado pasar sin más. El público ha empezado a reaccionar críticamente, al menos una parte de él.

“Hay ciertos sectores del público cuya paciencia ha ido agotándose. Hoy en día hay más debate y mayores críticas hacia ciertas posiciones de las que había hace diez años. Algunos grupos crecientes de esta masa son más exigentes”.

 

Entonces, ¿quién debería imponer el “castigo” a esta desfachatez? ¿El público, las instituciones…? Azúa mantiene su sillón en la RAE…

No se trata de castigo como tal, ni de tener una Inquisición para estos casos. Es cuestión de que directores de medios de comunicación, público lector, críticos literarios y los propios firmantes de los artículos entiendan que es un privilegio enorme poder publicar una columna periódicamente en un medio de comunicación. Por ello, los intelectuales deben asumir la responsabilidad que entraña poder dirigirse a la gente. No se trata de censurar a nadie sino de que entendamos que esa responsabilidad que se da al opinador tiene que tener una contrapartida, que es la de no decir disparates y leer antes de opinar.

Entonces, ¿la autoexigencia se presenta como una opción viable?

Yo lo que hago en el libro es apelar a los autores a que sean más críticos y autoexigentes, que eleven el nivel de rigor que ellos aplican a sus propias intervenciones.

¿Y no es eso utópico? Basta con ojear las respuestas que han obtenido sus tesis… Hay quien parece no aceptar su sugerencia.

Yo creo que el libro ha contribuido a que algunas personas reflexionen sobre la calidad de algunos intelectuales consagrados. Ellos, desde luego, no van a cambiar de estilo a su edad –llevan 30 ó 40 años haciendo lo mismo– pero sí se ha despertado una cierta conciencia crítica entre algunos lectores que apunta a que la participación de ciertos intelectuales en la esfera pública no tiene la salud que debería.

¿El hecho de que todos los autores que criticas hayan seguido una misma trayectoria de pensamiento quiere decir que no existe desfachatez entre los opinadores de otras ideologías? En el libro, reconoces que existen faltas a la verdad en los discursos nacionalistas. ¿Te planteas una ampliación “Progresist Edition” o “Catalunya Edició”? En varios foros de Internet te recomiendan que incluyas a Almudena Grandes, Xavier Sardá, Alberto Garzón o Maruja Torres…

El objetivo del libro –creo que está bien definido en la introducción– es analizar las intervenciones públicas de carácter político que realizan los intelectuales de mayor prestigio en España. Si por las razones que sean, los opinadores más prestigiosos en nuestro país son antiguos marxistas revolucionarios y radicales de izquierdas que hoy están en posiciones liberales, conservadoras o reaccionarias, ese ya no es mi problema. Este no es un proyecto vital que me vaya a ocupar el resto de mis días y si otras personas sienten que tienen material suficiente para escribir una recusación o una crítica a autores nacionalistas o de izquierdas me parecerá estupendo. Pero creo que es un poco injusto acusarme de que tengo que hacerlo todo a la vez. Yo simplemente me he centrado en los intelectuales de mayor reconocimiento social e institucional: los que acaparan premios, forman parte de jurados literarios, dirigen revistas… Los que están, por decirlo así, “en todas las salsas”. ¿Cuántos de izquierdas hay en esa misma situación? Yo no conozco. Creo que los intelectuales de izquierdas tienen una posición más marginal en el debate público, sin tanta visibilidad. Por eso no me he centrado en ellos.

Éste ha sido uno de las principales reproches al libro. Se te acusa de hacer una crítica sesgada e intencionada a una única parte de la intelectualidad española…

Es verdad que el libro es parcial pero yo no sé por qué tengo que ser ecuménico o universal. Éste ha sido el proyecto que yo me propuse; otros que hagan otra cosa. La cuestión reside en si las críticas que yo he realizado a determinados intelectuales son correctas y justas, algo independiente de que se pueda criticar a otros. Esos reproches son consideraciones muy secundarias y no me siento muy concernido por ellos.

¿Existe demasiado culto a la personalidad por parte de los lectores que pesa más que el sentido crítico?¿Es necesario saber separar mejor obra de autor?

De nuevo, no podemos generalizar cuando hablamos de los lectores. Pero sí es cierto que por el estilo de intelectual que tenemos en España, así como en otros países del sur de Europa como Italia o incluso Francia, tendemos a generar figuras de referencia que tienen un círculo de seguidores muy incondicionales; aunque también existan referentes que no cumplen esta condición. Es más saludable tener una posición crítica de mayor distanciamiento y examinar al margen de nuestros gustos personales qué dicen los referentes, si merece atención y si sirve o si no.

¿Hemos llegado entonces a una situación que ha modificado la famosa tesis de McLuhan y en la que el emisor –ya no el medio– es el propio mensaje?

Yo no creo que hayamos llegado a eso sino, más bien, que esa ha sido la tradición en España desde 1898; consistente en tener a un conjunto de ensayistas, escritores y filósofos, de mucha visibilidad y con parroquias de seguidores muy consolidadas. Pero este modelo ha entrado en decadencia, sobre todo estos últimos años, cuando dichos intelectuales han tenido muy poco que decir sobre temas como la crisis económica y otros problemas del país. Ellos mantenían sus obsesiones anteriores y no fueron capaces de conectar con las nuevas generaciones de lectores. Así, la figura del gran intelectual fue cuestionada y hoy sigue en cuestión.

¿Entonces la crisis fue la que marcó un punto de inflexión, de desconexión, entre público e intelectuales?

Digamos, más bien, entre público joven e intelectuales consagrados. Se ha provocado un distanciamiento.

“La crisis ha supuesto el distanciamiento entre público joven e intelectuales consagrados. No han sabido conectar con las nuevas generaciones de lectores al tener muy poco que decir sobre sus problemas. De este modo, la figura del gran intelectual fue cuestionada y hoy sigue en cuestión”.

 

¿Y con qué mecanismos contaría una sociedad crítica para responder a la desfachatez intelectual?

Quiero dejar claro que yo no estoy planteando en ningún momento una caza a ciertos intelectuales ni sacarles a una plaza pública con orejas de burro como hacía la Inquisición (risas).

Por supuesto. Hablamos de iniciativas ciudadanas, como las que piden que dejen de tener cargos pagados con dinero público.

El público debe discriminar y si encuentra que un autor se repite o defiende ideas oxidadas y mal construidas, lo lógico sería que le retire la atención. Con eso es suficiente. En definitiva, se trata de no jalear a un escritor por el hecho de que nos guste su obra anterior una vez ha pasado a un registro de menor calidad y ya no tiene nada nuevo que añadir. Lo que no tiene sentido es que haya hooliganismo por parte de los seguidores de estos intelectuales.

¿Se deriva esta situación de la actitud de un público que exige a los intelectuales consagrados que se pronuncien acerca de la actualidad y que acaba engendrando la figura del “macho discursivo opinador de todo y sabedor de nada”?

Bueno, de algunas cosas sí que saben. Pero muchas veces opinan –incluso opinamos, por incluirme en la primera persona del plural– sobre asuntos de los que tenemos unas referencias bastante lejanas. ¿Eso es responsabilidad del público? Pues, en parte, sí pero lo es aún más de los medios de comunicación que han creado la figura de los “intelectuales de guardia”; disponibles para, ante cualquier novedad que surja, dar una opinión en caliente. Y yo creo que esto no añade mucho a nuestro debate público.

Queríamos analizar también el porcentaje de culpa de los medios que amparan a estas figuras sabiendo de la rentabilidad de las firmas que rematan estas opiniones. En tu libro, exiges “que se apliquen las mismas reglas para juzgar los argumentos de los intelectuales consagrados”. ¿Cómo deberían proceder los medios, en tu opinión?

Los medios en España no tienen demasiada buena reputación, por lo que  intentan compensar esta situación a través del prestigio que da fichar a grandes firmas, a las que yo llamo “la escudería literaria de cada medio de comunicación”. Cada gran periódico tiene su lista de grandes escritores famosos al servicio de su línea editorial. De este modo, se establecen relaciones de complicidad y dependencia que no son sanas y son las que explican que un escritor esté acabado y siga, sin embargo, manteniendo su columna año tras año hasta que le fallan las fuerzas. Eso indica que algo no funciona bien; son relaciones en las que no hay responsabilidad por parte del intelectual, que sabe que puede decir lo que le venga en gana porque está consagrado y no se le va a retirar su columna.

¿Podríamos considerar que este problema se deriva del panorama mediático actual, que prioriza la rentabilidad económica, en el que confluyen los poderes fácticos con el periodismo y en el que la figura del informador pierde relevancia frente al intelectual?

En parte, sí. Pero con la única salvedad de que esto lleva siendo así desde que yo tengo uso de razón; yo nunca he conocido una situación distinta. Y, en ese sentido, si lo miramos a lo largo del tiempo, yo creo que no estamos peor ahora que hace 15 o 20 años. De hecho, se aprecia una cierta mejoría aunque sólo sea porque los medios de comunicación se han fragmentado mucho y eso ha provocado que surjan nuevas voces. Los periódicos han hecho un intento, ante la competencia digital, de renovar, en parte, sus figuras. En ese sentido, sí veo una tendencia positiva.

¿Este fenómeno sucede también en otros ámbitos, como la pequeña pantalla? Hablamos de, por ejemplo, los tertulianos de programas de debate: siempre las mismas caras opinando de cualquier tema… ¿Sería una solución aprender a diversificar racionalmente las intervenciones en la esfera pública?

En primer lugar, estando de acuerdo con que las intervenciones que se producen en estas tertulias políticas en radio y TV son muy decepcionantes y de un nivel muy bajo, creo que es mejor que existan a que no existan. Si la alternativa fuera suprimirlas y no remplazarlas por otras, mejor que haya esto a que no haya nada. Recuerdo cuando, antes de la crisis, los programas de televisión se caracterizaban por la atonía y apenas había debate político. Ahora, me parece sano y saludable que lo haya. También es cierto que es un formato que no se presta a grandes reflexiones ni a disquisiciones profundas. Ahora bien, la principal crítica no es que una tertulia no sea como una reunión de filósofos, sino que se recurra a malas artes, como un exceso de agresividad y griterío, que los tertulianos se enroquen en su posición y no estén dispuestas a reconocer el más mínimo mérito a la postura del que opina lo contrario. Este tipo de sectarismo es lo peor. En resumen, mi crítica en ese ámbito no se dirige hacia el bajo nivel de las intervenciones sino más bien hacia el dominio del sectarismo y el estilo agresivo de diálogo.

Nos gustaría que entrases a valorar algunas respuestas a tus tesis. El escritor Justo Serna, en una tribuna en CTXT, critica que menosprecies la labor de los intelectuales afirmando “que la realidad no se resuelve con el dictado del experto o con la predicción del politólogo. (…) Necesitamos una pluralidad de voces cultivadas con mayor o menor acierto que incomoden; gentes bien reconocidas que se atrevan a examinar y a evaluar”.

En mi libro no defiendo una tesis gremial; no quiero que los científicos sociales deban monopolizar el análisis de la realidad política. Mi postura es que haya una pluralidad enorme de voces pero que haya también unos niveles mínimos de exigencia. Cuando Justo Serna menciona “con mayor o menor acierto”, yo no estoy de acuerdo. Para opinar con desacierto, es mejor no opinar. Mi batalla es acerca de los niveles de calidad, no sobre qué campos deben tener menor o mayor protagonismo.

“Mi postura es que haya una pluralidad enorme de voces pero que haya también unos niveles mínimos de exigencia. Mi batalla es acerca de los niveles de calidad”.

 

Entonces la diferencia radica en el acierto, ¿verdad?

Claro, debe haber unos niveles mínimos de rigor. A mí no me vale la intervención del intelectual de letras clásico que lo impugna todo porque eso no añade nada a lo que ya sabemos. Está muy bien la función crítica de los intelectuales pero no debe basarse en la mera destrucción. Yo espero que los intelectuales digan algo más que grandes palabras sobre lo mal que está todo y ayuden a entender por qué la realidad es como es y cómo mejorarla.

Serna también añade que quienes desempeñan la función de opinar “son aquellos que, dotados de alguna cualidad reconocible, intervienen o denuncian. Son referentes para numerosos seguidores o rivales que aguardan sus pronunciamientos. (…) Son individuos detestados y reverenciados, que han alcanzado una preeminencia pública en la virtud artística o científica en la que están ungidos para, valiéndose de ésta, atreverse a opinar sobre cosas que no son de su competencia”. ¿Ampararías esta figura?

No, yo no creo que por mucho que haya sobresalido alguien escribiendo novelas, versos o ensayos deba por ello obtener credibilidad en el ámbito del análisis de la política. Me interesa más el tipo de debate público que hay en los países anglosajones. Uno abre las páginas del New York Times o del Washington Post y no encuentra el tipo de intelectuales que hay en España, Italia o Francia. El debate público anglosajón es más enriquecedor y tiene mayor calidad que el que tenemos en los países mediterráneos y creo que ese debe ser el modelo al que aproximarnos.

¿Por qué la desfachatez se da en estos países, sobre todo en los hispanoparlantes? ¿Es el legado de nuestra renuncia durante siglos a la cultura científica y a lo empírico?

Eso no lo sé, porque es una cuestión muy profunda y me desborda. No soy un especialista en historia intelectual, sino que he escrito este libro como lector, y también como autor, irritado con el nivel de las intervenciones públicas. Rastrear los orígenes históricos para averiguar por qué buena parte de los países mediterráneos y latinoamericanos tenemos este modelo de esfera pública es algo que a mí no me corresponde. Hay especialistas en este tema que pueden tratarlo mejor que yo. Tengo la intuición –y no es nada más que eso– de que en el grupo de países en el que se encuentra España nunca ha habido mucho gusto por el análisis empírico  y por atender a los datos, a la vez que se valora más la opinión fuerte y un posicionamiento inamovible y sin dudas.

El “Manual de Estilo de El País”, cabecera que acoge a muchos de estos intelectuales, distingue tajantemente entre, por un lado, informaciones contrastadas basadas en hechos y, por otro, opiniones, sustentadas por juicios personales. ¿Se extralimitan tus peticiones a los intelectuales? ¿La subjetividad no ampara per se estas intervenciones?

Yo entiendo que en un artículo de opinión puede haber mucho de los valores y las ideas que defiende el autor. Ahora bien, cuando estas subjetividades chocan con la realidad, ahí hay un problema. Uno puede ponerse muy filosófico, elevado y trascendente sobre ciertas cuestiones que tienen un contenido moral claro. Pero cuando se desciende a cuestiones de hecho, como las consecuencias de la descentralización territorial en España, el asunto de los nacionalismos, el terrorismo, las reformas económicas  o el referéndum catalán, se hace necesario que la ideología esté engranada con el análisis de los datos. No se trata de hacer un informe aséptico sino de que las ideas vengan sustentadas en una base empírica.

Ortega y Gasset definía al ensayo como “la ciencia menos la prueba explícita”. ¿Hasta qué punto exigir un tratamiento empírico en las opiniones es factible?

Yo leo muchos ensayos, es un género que me encanta. Pero creo que el debate público sobre las decisiones políticas y su análisis social necesita algo más que el puro opinionismo. Es fundamental que la opinión esté sustentada por un diagnóstico correcto de los problemas que tenemos como país. Si fallan los análisis y los puntos de partida, las soluciones que se propongan no van a ser las más adecuadas.

¿Cómo sería entonces el intelectual óptimo, si es que existe? ¿Qué funciones tendría?

No tiene por qué haber un único tipo de intelectual. Pueden convivir figuras muy diversas. A mí me parece bien que haya intelectuales que encarnen la voz crítica de la sociedad y que llamen la atención sobre las injusticias. Uno de mis favoritos es Bertrand Russell, un filósofo experto en lógica matemática que, sin embargo, no opinaba como analista de la situación política sino que se erigía en conciencia crítica defendiendo el derecho a voto de las mujeres en los años 20 y, posteriormente, el pacifismo en los 60. Ese tipo de intelectual a mí me parece estupendo. También me gusta el que se pega al terreno y que, en base al conocimiento de la realidad de un país, es capaz de ofrecer diagnósticos o soluciones que añadan algo. Paul Krugman sería un ejemplo de esto. Tiene opiniones y una ideología clara pero conoce muy bien el tema del que habla, que es la economía. No quiero promover una figura única de aquel que opine, lo contrario. También me gusta el intelectual satírico que se ríe de todo y todos e introduce el escepticismo. Lo que no me gusta es la mezcla del que habla desde posiciones morales a la vez que indica a los políticos qué tienen que hacer en cuestiones concretas.

Afirmas que un exceso de moral a la hora de analizar la realidad, conduce a la “ceguera política”, la falta de profundidad y la superficialidad. ¿Debe prescindir el intelectual óptimo de posiciones morales?

No, toda la política tiene un componente moral. Por eso existen distintas ideologías, porque las personas tienen convicciones morales diferentes. Ahora bien, la política no es únicamente un pronunciamiento de ideas morales, es también una intervención práctica en la realidad que debe producir consecuencias concretas de mejora. El problema está en que cuando nuestros intelectuales escriben desde posturas muy etéreas, nunca van más allá de la superficie, nunca entrará en materia y no tienen nada interesante que aportar. En el caso del terrorismo, que es el ámbito en el que desarrollo esta idea en el libro, muchas de las intervenciones acerca de la posibilidad de negociar con ETA se quedaban en posiciones muy abstractas y sólo de principios. Está bien que haya convicciones morales pero hay que analizar cómo contribuir a solucionar un problema con ellas. Y las posturas morales de aquellos intelectuales a los que aludo no contribuyeron a solucionar el problema sino más bien a poner obstáculos a las decisiones de los políticos en ejercicio.

¿El caso Eguiguren sería un ejemplo claro de esta situación? Además, existen diferencias notables en el tratamiento de los hechos entre los intelectuales patrios y los extranjeros.

Si, es un caso claro. Con el paso de los años, algunos de los intelectuales han adoptado, sobre el tema del terrorismo, posturas cívicas dignísimas y merecedoras de admiración. Pero se han quedado en un terreno puramente prescriptivo mientras que Eguiguren, que también tiene sus condiciones morales como no podía ser de otra manera, ha conocido la cuestión desde dentro y se ha arriesgado, más allá de la denuncia, en la solución del problema. Yo valoro más la postura del político que asume el riesgo de tratar de solucionar un problema, aunque pueda equivocarse, que la posición del intelectual en denuncia permanente, que tiene algo de paralizante.

Hablando de mezclas, ¿es siempre una mala idea combinar periodismo con literatura? Tenemos ejemplos patrios como Pérez-Reverte o Vargas Llosa y extranjeros como Gay Talese o Truman Capote.

(duda) No lo sé. Yo veo casi peor al periodista con ínfulas literarias que al escritor que se mete a hacer de periodista. Lo que me saca de mis casillas es el periodista que hace ejercicios de estilo, y en España tenemos muchos. Al comparar esta situación con el mundo anglosajón, uno observa que los periodistas, cuando escriben, se decantan por el ensayo político o la investigación, lo que implica conocer detalles y documentarse. En España, cuando los periodistas escriben sobre la política, lo hacen noveladamente. Y eso me resulta empobrecedor, ya que estéticamente no tiene ningún valor porque no son buenos escritores. Un ejemplo de esto es Pedro J. Ramírez, al que le entra una vena cursi cuando escribe de manera novelada sobre política. Y más allá de la estética, analíticamente no proponen nada nuevo ni ganas conocimiento leyendo.

Estamos entonces bastante lejos de la calidad de las mezclas de periodismo y literatura de otros países, ¿no? ¿No es factible un “New Journalism” a la española?

No sé hasta qué punto son comparables pero para mí, cuando Javier Cercas escribe sobre el golpe del 23F, es una mezcla un tanto indescifrable de periodismo y literatura, aderezada con un relato más o menos objetivo de lo que estaba sucediendo en el país y especulaciones psicológicas sobre los personajes políticos bastante arbitrarias. Frente al consenso que hay en España de que se trata de un libro importante, yo no aprendí especialmente leyéndolo.

¿Qué papel desempeña el miedo y el catastrofismo por encima de la veracidad en las opiniones de los intelectuales que criticas? Algunos ejemplos serían afirmar que el nacionalismo catalán puede desembocar en un enfrentamiento civil, algo que se desmiente atendiendo a las condiciones socioeconómicas de nuestro país, o calificar de “genocidio” los crímenes de ETA. ¿Se trata de una hipérbole intencionada?

De nuevo, el intelectual que conoce superficialmente el problema, siempre quedará bien si lanza advertencias preocupantes, tópicas y sin fundamento empírico. Pero la cuestión es si realmente tienen base. Siempre se queda bien hablando de la “banalidad del mal” y de otras fórmulas a las que los intelectuales no renuncian nunca y que arrojan muy poca luz. Los autores que recurren a esta retórica tratan de colocarse en una posición trascendente, como conciencia de la sociedad. Lo que sucede es que es mucho mejor conocer un poco de política comparada y llegar a mejores conclusiones. De este modo, no podrías afirmar que la crisis del nacionalismo catalán puede desembocar en un enfrentamiento civil; es algo disparatado en un país con la renta per cápita de España. Y lo mismo con el caso del terrorismo. Yo he escrito mucho contra ETA y sobre sus orígenes y es un ejemplo de pereza intelectual compararlo con el totalitarismo nazi.

¿Es relevante la edad de estos intelectuales y del público que los sustenta? ¿Qué pasará cuando el público joven deje de comulgar con estas opiniones, si es que lo sigue haciendo?

La mayor parte del público joven ya no comulga con estas opiniones. La parte incómoda del análisis es que hay mucha diversidad en cada generación. Ahora bien, creo que el grupo de intelectuales que vivió la Transición siendo joven se ha convertido en una “generación tapón”, porque alcanzaron la visibilidad pública en torno a los 30 años de edad y siguen ahí. No han facilitado demasiado la renovación, como cabría esperar en base a la evolución demográfica. Han conservado hasta ahora sus posiciones de influencia. Creo que se trata de un accidente histórico que tiene que ver con las consecuencias de una época y no tiene por qué mantenerse en un futuro.

Sobre una situación parecida, Teun A. van Dijk, en su “Análisis Crítico del Discurso”, llega a afirmar que “el poder, hoy en día, consiste en influir en los otros mediante la persuasión (…), lo que realizan unos grupos ya legitimados; status que les ha proporcionado el acceso al discurso público (…) frente a unas mayorías sin capacidad de intervención. (…) Se trata de élites, con acceso activo a muchos elementos del evento comunicativo: temas, plataformas, momento, enfoques…”. ¿Conforman nuestros opinadores una oligarquía cuyo peligro es el de monopolizar el debate público?

Bueno, esa cita va un poco más lejos de lo que yo pienso y calificarlos de oligarquía me parecería exagerado. Esta situación siempre ha sido así, no es una novedad de ahora. No creo que se trate de algo contemporáneo sino de algo que lleva tiempo siendo de este modo en el ejercicio del poder.

Cuando estos opinadores participan en el debate público, ¿son conscientes de que están convirtiendo sus intervenciones en panfletos intencionados o realmente están convencidos del valor de sus opiniones para mejorar la situación?

Yo también me lo pregunto pero no tengo respuesta a eso. Tengo mis creencias subjetivas pero no lo sé porque no les conozco. Lo mejor sería preguntarles a ellos.

“Creo que el grupo de intelectuales que vivió la Transición siendo joven se ha convertido en una “generación tapón”. Llevan muchos años conservando sus posiciones de influencia y no han facilitado demasiado la renovación de opiniones”.

 

Y tus creencias subjetivas se decantan por…

No, no tienen base. No sé cómo ellos conciben sus propias contribuciones al debate público.

Afirmas que estos intelectuales responden a la figura de “macho discursivo” propuesta por Gambetta. ¿Cómo podría acabarse con esta manera tan extendida de participar en el debate público?

Evidentemente, no puede hacerse mediante planificación central. Depende de la propia evolución del público lector, los medios de comunicación y los escritores. La única forma de alterar lo que es una inercia muy pesada y que viene de muy atrás es la de, en lugar de dar esta situación por supuesta, transformarla en objeto de debate. Y esto es lo que he intentado en el libro. Yo no soy quién para decidir cómo tienen que escribir los demás pero sí puedo llamar la atención y expresar mi opinión sobre por qué esa forma de escribir no me parece adecuada. Y en la medida que tenga cierto eco, despertar un debate que, poco a poco, hará que intelectuales y público recapaciten. E incluso que aparezcan nuevas voces que no compartan el “machismo discursivo” del que hablamos.

Tras un año desde la primera edición, ¿mantendrías intacto lo que afirmas en “La Desfachatez Intelectual”?

Si lo reescribiera, sí cambiaría algunas cosas. Intentaría aclarar por qué no hago un análisis de todos los intelectuales que hay en España y por qué mi libro no debería entenderse como una aportación a la Historia de la intelectualidad, ya que hay quien lo ha entendido así y eso ha dado lugar a malentendidos. Hay personas que me han criticado, y con razón, por poner al mismo nivel a intelectuales de valía muy distinta y quizá no esté suficientemente bien tratado el análisis que realizo acerca de las medidas para salir de la crisis en base las reacciones al nacionalismo y al terrorismo. Son argumentos de naturaleza distinta, que he tendido a mezclar demasiado. También podríamos añadir algunas situaciones en las que se me haya ido la mano y otras en las que me haya quedado corto, algo inevitable cuando uno escribe un libro de naturaleza política.

En la última edición, respondes a las críticas de Juaristi, Cercas o Savater…

No obstante, cometí un error que el señor Juaristi se encargó de recordármelo en una columna de ABC, ya que le atribuyo unas declaraciones en un blog que no eran suyas. Me confundí. Pero no había mala intención puesto que añado el enlace a la web de donde las saqué y el lector lo puede verificar. Se trataba de un blog con un formato ambiguo y en dicha entrada aparecía su nombre y su foto por lo que pensé que Juaristi era su autor. Él aprovechó ese error para escribir una columna extremadamente agresiva en la que solicitaba que se me desposeyera de mis cargos académicos y llamaba al boicot a todo lo relacionado conmigo. Yo siempre fui muy consciente de que, ante el más mínimo error, había quien iba a entrar a matar. Lamento mucho ese fallo; creo que no hay ningún otro en el libro.

Intentaremos que Juaristi lea esta entrevista y aprecie tu rectificación. No le vendría mal algo de publicidad a UND_R CONSTRUCTION…

(risas) Yo lo que espero es que Juaristi no siga escribiendo columnas tan agresivas. En una de las últimas, me llamaba “detrito tóxico”. Esas formas no son propias de un intelectual ni de quien ha tenido responsabilidades políticas como él.

Tras más de un año en librerías, ¿qué cree que haya hecho su libro en pos del fin que persigue? Porque los mismos opinadores siguen  engendrando sentencias lapidarias como las que has criticado. Se me ocurre a Vargas Llosa comparando a Podemos con ETA o a Pérez-Reverte haciendo lo mismo con los refugiados y las invasiones bárbaras. ¿Has enfurecido aún más al león?

Yo no esperaba en ningún momento hacer cambiar de estilo o de opinión a los intelectuales mencionados. Lo que quise fue intercambiar mis impresiones con el público lector y eso, para mi sorpresa, sí se ha conseguido en la medida en la que el libro ha tenido mucha más repercusión de la que yo imaginé en un principio. Es la obra, quizá, a la que menos tiempo de elaboración e investigación he dedicado pero la de mayor éxito popular. Se han vendido miles de ejemplares, lo que se ha traducido en mucha gente opinando sobre mis ideas, más allá de los aludidos. Es lo que yo quería: que hubiera un debate crítico e intenso acerca de la calidad de nuestros intelectuales cuando juzgan la política. En ese sentido, estoy muy satisfecho.

Se podrían seguir haciendo nuevas ediciones del libro añadiendo las nuevas opiniones que van acumulándose; esto no va a parar ni yo pretendía que dejara de haberlas. Son, sin embargo, dos ejemplos distintos. El de Vargas Llosa entra en el terreno de la exageración y de la hipérbole sin fundamento. Comparar las posibles críticas de miembros de Podemos con lo que hacía ETA es un disparate de tal magnitud que lo único que revela es la pérdida de juicio de Vargas Llosa. El caso de Pérez-Reverte, con quien soy muy crítico en el libro, es una tesis, que yo no comparto, pero me parece defendible. De toda su producción sobre política, es de lo más interesante que ha hecho. No me parece un escándalo que se le haya premiado por él aunque me encantaría escribir un artículo refutando sus opiniones. Es un escrito muy tremendista pero no insulta a nadie.

En más de una ocasión, incluso has bromeado diciendo que ha sido el único libro con el que has obtenido beneficios…

Sí, es verdad. Ha sido el primero que me ha dado dinero…

Pero, ambos artículos confirmarían la estructura discursiva que criticas, ¿no? Las comparaciones con ETA, la exaltación de lo español, las hipérboles, la falta de fundamento, las sentencias tajantes…

El artículo de Pérez-Reverte es muy exagerado pero creo que entra en el terreno de lo defendible. Por situarnos fuera de España, cosas parecidas han sido escritas por Niall Ferguson, un economista muy conservador y muy polémico. A mí eso no me parece mal siempre que no entremos en el insulto, la descalificación, como sí hace Pérez-Reverte en otros artículos. Está defendiendo una tesis –que yo creo incorrecta– pero, en esos términos, me parece admisible.

“Yo no esperaba en ningún momento que el libro hiciera cambiar de estilo o de opinión a los intelectuales mencionados. Lo que quise fue intercambiar mis impresiones con el público lector y establecer un debate crítico. Y eso, para mi sorpresa, sí se ha conseguido”.

 

Daniel Gascón, editor de Letras Libres, considera que algunos textos que señalas “no resisten este análisis porque no están pensados para ello. (…) Los que los escriben, no los escriben de este modo y quienes los leen, tampoco”.  ¿Eres demasiado exigente juzgando obras con un enfoque para el que nunca estuvieron planteadas? ¿Pecas de exceso de empirismo?

A mí, esto de escribir para que no te tomen en serio me resulta algo extraño. Yo leo con literalidad y si alguien dice algo que es disparatado, en su literalidad, me parece legítimo criticarlo. No estoy de acuerdo con esa especie de coartada que Gascón propone para los intelectuales y sus lectores. Cuando la realidad se mete por medio, ésta debe tener la última palabra. Si alguien dice cosas que son falsas, no te queda más remedio que señalarlo, por más que algunos lo entiendan como un juego, como una provocación o un intento de profundizar en el debate. Si en la literalidad es incorrecto o poco riguroso, ahí se acaba la cosa.

Creo que acabamos de confirmar que eres demasiado empirista… 

(duda) Sí…  pues sí, claro. Sí, sí…

El País es uno de los medios que más ha cobijado a estos opinadores. Dentro de un par de décadas, cuando éstos, por diversos motivos, no se encuentren en activo, ¿serán renovados por una cantera de “intelectuales descarados”? ¿El relevo generacional hará insalvable la desconexión entre lectores y medio? 

Yo no tengo muchas esperanzas en la capacidad de rectificación de El País pero, por un lado, uno se da cuenta de que a muchos de estos intelectuales los han ido desplazando. Ya no tienen las columnas centrales de análisis político y hoy únicamente cuentan con tribunas más breves o espacios en los dominicales, lo que me parece muy bien. Ha ocupado su lugar gente más joven y con una formación muy distinta a la suya. El País, como el resto de diarios en papel, se parece a los transatlánticos antiguos porque les cuesta mucho cambiar de rumbo drásticamente. Mi opinión es que si contratan nuevos opinadores, por las inercias que hay dentro del propio periódico, no van a tener total libertad para incluir análisis frescos. No quiero personalizar esta dinámica en un único medio; pienso lo mismo de ABC o El Mundo. Llevan una trayectoria tan marcada que es muy difícil de cambiar.

Calificas a intelectuales como Vargas Llosa, Pérez-Reverte, Javier Cercas, Savater o Felix de Azúa –a quien reconoces “una sensibilidad estética exquisita”– como “grandes escritores pero pésimos opinadores”. Una vez hechas públicas las críticas, ¿qué ficciones recomendarías a los lectores de UND_R CONSTRUCTION?

De Vargas Llosa, “Conversación en la Catedral”, de Cercas me gustaron mucho “Soldados de Salamina” y “Las Leyes de la Frontera”. El “Diccionario del Arte” de Félix de Azúa me encantó, así como algunos de los primeros ensayos de Savater, como “La Apología del Héroe”, por ejemplo. No soy mezquino; reconozco el talento y los logros  de estos autores.

¿Serías capaz de elegir una frase de todo tu libro? Yo me decantaría por tu recomendación de “estudio previo, crítica abierta, garantía de valor añadido y cuestionamiento de autoridad para mejorar el debate público”.

Si, son cosas que no pretendo imponer a través de un reglamento, una ley o un consejo de supervisión. Si todos nos tomáramos en serio estas orientaciones, el nivel de nuestra esfera pública sería más alto. Y por lo tanto, la calidad de nuestra democracia y de las decisiones políticas aumentaría.

¿Te parece bien mi elección entonces?

Sí, sí. Me parece bien.

 

Un pensamiento en “LA INTELECTUALIDAD EN JAQUE: Entrevista a Ignacio Sánchez-Cuenca

  1. Pingback: Los que dudan: Entrevista a Jesús Maraña | und_r construction

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *